Mi gozo en un pozo

Eres un usuario recurrente en las apps de citas. Llevas años probando por aquí y por allá, con un resultado estrepitoso; un número cercano al cero absoluto. Es cierto que has conocido algunas muchachas a lo largo de nueve temporadas, pero aquella que te dejará sin respiración, aquella que con solo mirarla una vez, sabrás perfectamente que se trata de la escogida, no ha aparecido todavía. Tuviste un atisbo de ilusión con tres. La primera se cruzó en tu camino en octubre de 2019. Duró menos que un caramelo en la puerta de un colegio. Cuatro horas. No tuviste tiempo de memorizar su silueta, su cara, pero te marcó enormemente. ¡Vaya si te marcó! Hoy en día, aún la sigues recordando con nostalgia. ¿Qué habrá sido de ella? ¿Estará bien? ¿Se habrá enamorado? Ojalá se haya cruzado con una buena persona.

Quizá tengas curiosidad por saber cómo apareció en escena. Imagínate que estás apuntado a una app bastante famosa. No pongamos nombres. En esa época vives con unos amigos en una casa enorme. El pueblo, con menos de cien habitantes, está tan lejos de todo que no aparecen churris, en kilómetros a la redonda, en esta app. En las preferencias de tu perfil, marcas una distancia, por ejemplo, ochenta km. Te mueves con la geolocalización activada y ni por esas. No sabes por qué razón, un día que estás tumbado en la hamaca de la galería, aparece una muchacha que está a 170 km. Su imagen se te graba en la mente sin poder evitarlo. En una foto está montada en un scooter, en la siguiente, su sonrisa atraviesa toda su cara, en otra lleva una nariz de payaso y un vestido a rayas. Esa foto, justo esa, te descoloca. Necesitas conocerla sea como sea. No olvides que estás viviendo en medio de la nada. La desplazas a la derecha. Por supuesto, ni te ha visto, ni sabe que existes. Al no tener noticias de ella, te olvidas y sigues con tu vida. En la casa de tus amigos permaneces casi dos años. Te instalaste allí porque tu anterior pareja decidió caminar sola y sobrabas en su vida. Te acogieron incondicionalmente en su hogar. Tu vida transcurre entre cursos, paseos, comidas, soledad y visitas a la familia que, aun estando muy lejos, siempre responde. Sigues con tu vida y dejas de pensar en la muchacha que llevaba una nariz de payaso.

Ya han pasado diecisiete meses desde que te instalaste en la casa grande. Toca recoger tus bártulos, el gato, el pienso, los esquís, tu ordenador. Ha llegado la hora de vivir por tu cuenta. Tu hermana mayor mueve unos hilos y te convence para que te instales a tan solo siete minutos de su casa. No hay como tener buenos amigos. Enero de 2018 se convierte en el inicio de una nueva etapa. El mar lo tienes a ocho minutos andando y la montaña a cinco. Tren para moverte. La autopista a dos kilómetros y la Nacional a menos de un suspiro. Geográficamente, estás en una zona privilegiada. Los inicios siempre son duros, pero con el tiempo te vas aclimatando. Un día que no tienes nada que hacer, abres la app sin nombre. Alucinas por la cantidad de churris que aparecen. En tu mente se dibuja aquella muchacha con la nariz de payaso. Vas pasando a izquierda y derecha según te pica. Esta no, esta no, esta no, esta sí, esta no… Mañana será otro día y pasado mañana otro más.

Llega el mes de octubre. Una tarde cualquiera abres la app y te pones a seleccionar churris. Esta no, esta no, esta no, esta sí, esta no. De repente, tu corazón pega un brinco. Frente a tus ojos aparece la muchacha con la nariz de payaso. Tienes la oportunidad de volver a seleccionarla. No han pasado ni diez minutos, recibes un mensaje: “tienes un nuevo match”. No se te habría ocurrido en la vida pensar que sería ella, pero ¿y si lo es? Pues sí. La muchacha con la nariz de payaso te ha devuelto el match.

Se abre el chat y lo primero que se te ocurre escribir es que la viste hace un año, pero que desapareció del mapa. También le dices que te encantaría quedar con ella. De perdidos, al río, piensas. Sorpresa. Te responde que a ella también le gustaría verte. La emoción te sobrepasa. Le comunicas que el lunes siguiente bajarás a la capital porque tienes visita médica. Le propones comer con ella y te dice que sí. Estás que te sales. Suerte que es sábado y solo estarás de los nervios un día y medio.

Llega el lunes. A tu hora, te presentas en la consulta. Tenías cita con el quiropráctico. Te arregla un poco. Te despides hasta la próxima. En la calle, le envías un mensaje diciéndole que vas para allá. Habías quedado en una pizzería que te recomendó un amigo. Aparcas la moto en una zona reservada y te diriges con el corazón acelerado hacia el punto de encuentro. Dos minutos. La muchacha con la nariz de payaso acaba de aparcar su scooter. Os saludáis efusivamente como si os conocierais de toda la vida. Crees estar soñando, pero estás totalmente despierto. Habláis por los codos. Conectáis desde el minuto uno. Risas, miradas cómplices, un roce por aquí, otro por allá. Después de comer, os apetece callejear un rato. No tenéis prisa. Vais cogidos de la mano como una pareja de tiempo. Un abrazo intenso se acompaña con una sonrisa que, en esta ocasión, se dibuja en ambos rostros.

Seguís caminando. En un momento dado, ella te sugiere entrar en una cafetería. Es la hora del té. Más charlas, más risas. La complicidad va creciendo. Le explicas que trabajas de noche y que llegas a casa de madrugada. Te pide, más bien te sugiere que cuando llegues a casa, le envíes un mensaje. No lo meditas ni un segundo. Esa noche, le enviarás el primer mensaje. Al día siguiente, tu móvil permanecerá en el más absoluto silencio. Ninguna noticia de la muchacha con la nariz de payaso. Nada. Y así, hasta hoy. Seis años después, sigues sin tener noticias de ella. Te consuelas con aquel encuentro tan fascinante que duró solo cuatro horas.

¿Qué ocurrió entre 2019 y 2024? Está claro que pasaron unas cuantas muchachas por tus manos, cariñosamente hablando, pero ninguna de ellas dejó esa huella que quedó grabada a fuego en tu mente. ¿A qué no me equivoco? Has tenido churris de todo tipo, altas, bajas, rellenitas, delgadas, simpáticas, serias, neuróticas, etc. A estas últimas te las quitabas de encima lo más rápido que podías. No estabas dispuesto a repetir otra vez una etapa de tu anterior vida. Las neuróticas, cuanto más lejos, mejor, decía tu madre.

La segunda mujer que te cautivó, de una belleza particular, coincidió contigo en 2024, en una app que se suponía catalana, pero con sede en Londres. Flaca, muy flaca, pero todo fibra. Ciclista, montañera. Te robó la respiración por unas semanas. Los besos compartidos rozaban la sublimación. Detenerte en sus ojos era peligroso. Su mirada era tan bella que podías perderte para siempre. ¿Qué pasó? Tal vez, lo de siempre o quizás la abrumaste con tus prisas. Las velocidades no se correspondían. Esas frases hechas, construidas para que uno no se haga ilusiones, emergieron rápidamente a la superficie, de la misma manera que lo hace un submarino para comprobar que no hay enemigos en las cercanías. Frases como “no estoy por la labor”, “no eres tú, soy yo” o “eres un tío cojonudo, pero…”, son altamente explosivas. Te las sueltan y no puedes reaccionar. Careces de argumentos con los que negociar. La única opción que queda es recoger los cuatro trapos que llevabas encima y desaparecer por detrás de las bambalinas.

La tercera te dejó kao. Verdaderamente, te quedaste sin aliento. Te robó el alma. Lástima de la distancia, de las conexiones humanas, de lo que es atractivo para uno, no lo es para el otro, de la edad, de los gustos, de tantas cosas que podría llenar dos cuartillas de excusas y me quedaría corto. Es el formato, el modelo de mujer que te encantaría tener a tu lado para los restos. ¿Te enumero algunos inconvenientes o lo dejamos correr? Vale; pues eso. Nos detenemos aquí. Antes de que te vayas a dormir, te haré una pregunta. Si tuvieras la oportunidad de empezar de nuevo, ¿te gustaría conquistarla? Lo sabía. Yo también lo intentaría. ¡Y parecía tonto el chaval! Una mujer como ella no se encuentra en cualquier sitio. Belleza exterior e interior, una tímida extrovertida que se apunta a un bombardeo, una muchacha que, teniendo las horas ocupadas al minuto, siempre tiene tiempo para sonreír, para darte ánimos, para ofrecerte una palabra sincera o para decirte cosas bonitas que te activen el alma. Ese acento, ese deje tan peculiar que emana de su garganta, te cautivó en cero coma.

¿Sigues deambulando por los caminos sin encontrar el tuyo? Eres un tipo errante, solitario, despistado, con el alma medio vacía, con el deseo de llenar la otra mitad de mimitos, de caricias, de besos, de amor incondicional que pudiera ofrecerte la elegida. Pero no. No ha llegado el momento. Quizás no llegue nunca. Tal vez estás destinado a seguir caminando sin rumbo. Procura, al menos, disfrutar de la ruta. Al o mejor, en algún cruce, caminando por un puente, bajando a la orilla de un río, pateando la arena con los pies descalzos o haciendo crujir la nieve bajo tus botas, te la encuentres de frente y no puedas desviar tu mirada de la suya. No desesperes. Como dice un amigo tuyo: “si es para ti, aunque se esconda y si no es para ti, aunque se ponga”. Ya sé que lo sabes, pero va pasando el tiempo y aquí ni se pone ni se esconde nadie. ¿Has oído hablar en alguna ocasión de la paciencia? Claro; decirlo es muy fácil. Ponerlo en práctica es otra cosa.

Recuerdo que me hablaste de una mujer mayor que conociste hace cuatro años. Te dijo que por tu vida pasarían unas cuantas y que la última sería la responsable de ese corte de respiración. Pensaste para dentro —menuda premonición, menudo acierto—. Claro, la última sería la última. ¡No te amuela!

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