Hoy tocaba bajar a Barcelona para ayudar a mi hermano. Está liado con los arreglos de la casa que heredó de sus padres y rasca de todas partes para arrancarle horas al reloj. Entre su trabajo y las obras en casa, acaba rendido casi todas las noches. De vez en cuando, una ayudita no le viene nada mal. El domingo pasado tenía que bajar, pero el encuentro del sábado con mis amigos pasó factura a la mañana siguiente. Habíamos montado una cena para celebrar la presentación de nuestros libros. Se pierde agilidad si no se sale mucho de noche. Ya no aguanto tanto el alcohol como a los treinta años. Acompañé el bocadillo de chorizo picante con dos cervezas artesanas. El Limoncello del final sobraba, pero no tuve en cuenta que el domingo tendría un día interesante. El dolor de cabeza con el que desperté, me dio tregua solo para llamar a Diego y pedirle disculpas.
—No puedorrr. Log siento bucho. Mesplota la cabeza. —Le dije más resacoso que dormido.
Por un momento, mi cabeza se había convertido en una diana gigante en la que diez mil sioux lanzaron sus flechas con precisión meridiana. El despertador solo disponía de una oportunidad. Si fallaba en su empresa, estaba convencido de que lo partiría en dos con el hacha que abandonó el jefe de la tribu mientras organizaba a los arqueros.
En esta ocasión me encontraba perfectamente. La noche anterior solo había cenado sopa. Sería mala suerte que me sentara mal. Programé el reloj para las siete de la mañana y a las ocho ya me encontrabas frente a la furgoneta de Diego.
—Me ha dicho Anabel que baja enseguida, —me dijo con cierta sorna.
Los “bajo enseguida” los conocemos desde hace muchos años. Esta vez, nos sorprendió porque, realmente, bajó enseguida. La seguimos al garaje. Apretó el mando y se abrió la puerta. Diego es un crack y puede aparcar en cualquier hueco. El segundo sótano se las trae. O hacen las entradas de los garajes basándose en las medidas de los coches antiguos o ese día, el arquitecto de turno, había tomado limonchelo. Tuve que bajar de la furgo para ayudar en las maniobras.
—Por la derecha vas a tocar. Te falta así… —le señalé, juntando el pulgar y el índice para medir una uña—. Por la izquierda vas bien.
Anabel sacó el coche de su plaza. El trastero está justo enfrente y las puertas que venía a buscar Diego saldrían mejor sin el Golf entorpeciendo la entrada al cuarto de los cachivaches.
No sé si te he dicho que la baca venía montada desde Barcelona. Para no perder tiempo, Diego pensó que si lo hacía a primera hora, ganaríamos algunos minutos. El destino funciona de otra manera. Verás. Hacía medio año que arreglaron la puerta del garaje de Anabel. Antes tardaba un siglo en cerrarse. No se acordó de sugerirle a Diego que se diera prisa al salir del garaje. ¿Qué pasó entonces? Imagínatelo. La puerta basculante se cerró en un plis, con tan mala pata que arrancó la barra delantera de la baca.
De la boca de Diego salió una docena de improperios que sirvieron para no matar al responsable del servicio técnico de las puertas basculantes. Vivir en un pueblo permite mantenerte fuera del alcance de la mala hostia, lo que supone calmarlo e invitarle a desayunar. Después, las cosas las veríamos con otros ojos. Lo llevé a mi bar de siempre. Bocata de chapata con bacon crujiente, queso fundido y cebolla caramelizada, acompañado de una cervecita bien fría.
—¡Ummm!, qué bueno está el puto bocata. —Dijo mientras pegaba otro mordisco del tamaño de un eclipse de luna.
Le faltaba esa última palabrota para cerrar el cupo por ese día. Antes de volver a Barcelona, tenía que parar en Vilassar, recoger tres vigas de madera de cuatro metros de largo, atarlas a la famosa baca tuerta y, con mucha paciencia, tomar rumbo hacia la ciudad condal.
—¿Qué te parece el escándalo que suena ahí arriba?, —me dijo Diego con el semblante más relajado.
La baca y las vigas, cuando chocan con el aire, provocan un ruido molesto rozando lo infernal. Suerte del McGiver que viaja en el interior de Diego. Ideas y soluciones de urgencia no le faltan. Por suerte, en el almacén de Vilassar, se portaron de maravilla ofreciéndonos soluciones de última hora. Ya de vuelta para Barcelona, Diego hizo un pequeño guion de lo que haríamos al llegar. Aparcó frente a su casa, descargamos las puertas y las vigas de madera; como pudimos, las dejamos un poco arrinconadas del paso y nos fuimos a guardar la furgoneta al parking que tiene alquilado cinco calles más allá. Con tanto sobresalto, empezamos a trajinar pasadas las doce del mediodía. Yo no tenía prisa alguna, así que podía contar conmigo todo el tiempo que quisiera.
—Primero pasaremos los cables más largos. Así sabré si me he quedado corto que, por la pinta que hace, va a ser lo más seguro. —Me dijo Diego mientras abría el ordenador.
Es un tipo muy apañao. Hizo un excel donde anotó todos los cables que necesitaba, de dónde partían y hacia qué registro debían llegar, si eran para enchufe, fase o interruptor y, finalmente, los del aire acondicionado y los de datos. Diego lo tenía todo apuntado. Todo, menos no haber tenido la picardía de controlar la puta barra de la vaca.
Mi ayuda se hizo imprescindible. Pensar que él solo habría tenido que subir y bajar cuatrocientas veces de la escalera, suponía perder un montón de tiempo. Al ser dos, uno estira y el otro controla por dónde saldrá la serpeta.
—Ciento veinticinco mil euros me pedía el estudio que proyectó la idea que llevaba en la cabeza. —Me comentaba mientras medía cuántos metros de cable faltaban para llegar al baño.
El día transcurrió entre risas, agua para el picor y acelerones de trabajo. No es lo mismo uno que dos. Hacerse las cosas uno mismo conlleva una doble inversión de tiempo. No puedes estar en dos sitios a la vez.
El cálculo de material no se puede predecir con exactitud. Las cajas de cables son de doscientos metros. ¿Se puede saber de antemano cuántos metros iba a necesitar el muchacho? Probablemente, no.
—Tendremos que escaparnos un momento a buscar más cable. Me estoy quedando sin y no me gustaría que me pillara en bragas, —dijo con una mano en la tripa pensando en la comida.
Diego propuso pasar por un Brico Depôt de guardia. En Badalona hay uno muy grande. Era entrar, comprar y salir pitando. Aún quedaba mucha tela para instalar y mi ayuda era importante.
—Lucas, que no se te pase la hora de volver a casa. No quiero que llegues muy tarde. Me has ayudado un montón. —Me dijo Diego mientras se sonaba los mocos.
Puse la alarma del móvil a las siete y media de la tarde. Calculé que me daría tiempo de ir caminando hasta la estación de tren, pero estaba tan cansado que preferí coger el metro de la línea Lila. En dos paradas me encontraría en la RENFE y me ahorraría patear durante media hora, por el duro asfalto. Llegué a la estación a las ocho y diez, con tiempo suficiente para comprar el billete de ida. Me saqué la tarjeta dorada en octubre y se ha notado un huevo en las compras de billetes. Nos descuentan casi el cincuenta por ciento.
Es curioso cómo funciona el olfato en los seres humanos. Con el de los animales no me voy a explayar porque no soy un erudito, pero del humano tengo bastante experiencia. Te pongo en situación. Llegas a la estación del tren. Son las ocho de la tarde. Un porcentaje de humanos que transitan por el hall han salido hace poco de trabajar, otro porcentaje se van de marcha y otros, tal vez como yo, vuelvan a su casa después de haberse pasado el sábado en Barcelona. El olor del hall es bastante característico. Una mezcla de calor, corriente de aire, agua estancada por las filtraciones de los túneles, las máquinas de AACC que en esta época se transforman en calefacción, sudor, cabellos mojados que han salido recientemente de la ducha o del gimnasio, más de un pedo (estoy convencidísimo) y, por qué no, más de un eructo que su dueño o dueña ha soltado al aire para que lo compartamos con él, ella o su puta madre.
A las ocho y veinte de la tarde vi anunciado un tren con destino Massanet-Massanes. Me planté frente a la pantalla informativa para comprobar que pasara por la costa. Perfecto, pensé. Calculé que sobre las nueve y media, como muy tarde, llegaría a casa. Ya que faltaban diez minutos, me esperé un rato en el hall para observar cómo se trasladan las ordas. Lee bien. No he dicho las gordas. Nací con un par o tres de dones; memoria fotográfica, olfativa y capacidad de aislar los sonidos. En mis años de oyente y seguidor de corales tan importantes como la Sant Jordi o El Cor de l’Empordà, tenía la capacidad de aislar, como si se tratase de una mesa de mezclas, cómo cantaba aquel bajo de atrás, la soprano de delante o el violín de la derecha del escenario. Lo mismo me ocurre con las imágenes, sobre todo las que ponen, a mansalva, en las apps de churris. Los responsables técnicos de estas apps no saben que puedo detectar que una mujer ha salido más de tres o cuatro veces en un listado que, a priori, parece que tenga muchos prospectos, pero, en verdad, son las mismas repetidas en diferentes posiciones y, en más de un caso, con otros nombres para hacernos creer que hay muchas churris. Con la memoria olfativa me pasa algo curioso. En el año 1994, a mi entonces pareja y a mi, nos tocó un viaje con todos los gastos pagados a la República Dominicana. Esos viajes de “todo incluido” y encima sin pagar ni siquiera los viajes transoceánicos. No sé en qué parte del cerebro se registran los olores, pero debe situarse muy cerca de la parte donde se almacenan los recuerdos visuales. Cada vez que abro un bote de champú de la Toja, me viene a la mente, a esa zona que se parece a la pantalla de un autocine, la escena de estar en la ducha de la habitación del hotel, mientras resbalaba el agua por nuestro cuerpo y nos enjabonábamos mutuamente. Si huelo un bote de gel Fa, me acuerdo de mi segunda pareja. La estoy viendo cómo enciende palitos de sándalo y los introduce en cualquier maceta, en esas tablillas especiales para quemar incienso. Tal como te lo cuento lo estoy viendo. Entonces, ¿es posible que la memoria visual y la olfativa estén conectadas? Lo acabo de pensar ahora mismo, pero creo que no me sirve esta pregunta porque al recordar el último concierto al que asistí, apretando los sesos para visualizar a aquella pobre contralto que debía estar un poco constipada, recuerdo perfectamente el patinazo vocal y su figura, de una manera tan vívida que mi teoría sobre los paralelismos entre memorias no me sirven. Las mías funcionan simultáneamente en cualquier dirección.
¡Hostia santa! Te estaba explicando mi hobby como observador en el hall de la estación de tren, concretamente en El Clot de Barcelona, y de repente se me ha ido la pinza a la República Dominicana y al sándalo que invadía cualquier rincón de la casa que compartí con mi segunda pareja. Y no te he explicado la infinidad de olores que disfruté en mi viaje a Costa Rica porque no acabaría ni mañana por la noche.
A veces, apuesto conmigo mismo mil dólares (de juguete), a que soy capaz de descubrir cómo irá vestida aquella persona, solo por el olor que desprende. La condición de la apuesta es con los ojos cerrados. Me sitúo en alguna esquina estratégica para no levantar sospechas. Antes de cerrar los ojos, compruebo que no tenga sorpresas de tirones o que alguien me pregunte si me pasa algo. Entonces, mis dos sentidos, el auditivo y el olfativo, se ponen en marcha. El juego no puede durar más de tres minutos. Tengo un ranking del ochenta por ciento de aciertos. Mientras permanezco con los ojos cerrados, localizo a una víctima (de buen rollo, claro), la huelo, la escucho y enseguida construyo un personaje acorde a mis percepciones. ¡Te creerás que, en más de una ocasión, he llegado a flipar de mis altas capacidades!
Volvamos al hall, que al final habré llegado a casa y no te habré contado qué pasó, primero en el hall, después en el andén y más tarde, en el vagón. Por cierto, para ser sábado por la noche, estaba bastante lleno. Tuve que ir de pie hasta Vilassar… La juventud de hoy en día, se la suda que vaya gente mayor de pie. Espatarrados en sus asientos, con la cara pegada a la pantalla del móvil, pasan un huevo del mundo que les rodea. Yo, sin ir más lejos, aunque me siento bastante joven, tengo sesenta y cuatro años, la rodilla izquierda y el menisco interno jodido y me chupé casi todo el día de pie con Diego, subiendo y bajando escaleras, peso, barriendo, y para finalizar un día agotador, de pie más de medio viaje hasta casa. Permanecer de pie, aunque cansado, tiene sus ventajas. Puedes observar al personal sin que se den cuenta hacia dónde miras. Con cambiar la vista cada dos segundos, tienes suficiente.
No te sabría decir si fue en Sant Adrià del Besós o en Mongat, entró un tipo bastante peculiar. Iba con chandal, zapatillas deportivas y una mochila que se me antojaba pensar que podría venir de hacer deporte. El problema es que no se mantenía firmes ni diez segundos. Sus ojos denotaban cansancio o un colocón de droga como de aquí a Moscú. Usuarios que se encontraban a pocos metros del tipo, comentaban que ya lo habían visto en otras ocasiones con el mismo aspecto. Así que descarté que viniera de practicar deporte. Este, en concreto, desprendía una nube radiactiva tan potente que muchos pasajeros se despegaron de él más de tres metros. Me recordaba a las películas de asesinatos, cuando la policía acordona la zona y prohíbe el paso de la escena del crimen. No quiero ser grosero ni racista, pero el chaval tenía la pinta de ser gitano, gitano, por su indumentaria ornamental, básicamente. Varios anillos gordos, bien gordos, una cadena gruesa, un reloj dorado o de oro, ¡vaya usted a saber!, muy moreno de cara y, ¡qué quieres que te diga!, con una pinta bastante deplorable. Tan deplorable como su hedor. Sí, he dicho hedor y no peste o tufa o antiperfume. Era una mezcla de olores a muerte, sazonadas con componentes orgánicos en avanzado estado de descomposición. Tal vez, la misma descomposición que estaba a punto de salir a escena debido a la cantidad de sustancias estupefacientes que se habría metido entre pecho y espalda.
Estoy seguro de que no fui el único que respiró profundamente cuando el tipo ornamental se apeó en Mataró. Allí baja más gente de la que sube y tuve la suerte de descansar mis vapuleadas piernas. Me senté al lado de una muchacha que tenía entre sus manos una especie de catálogo de olores. Imagina el típico álbum de sellos. ¿Lo visualizas? Vale. Pues ahora imagina que en vez de sellos, se trata de tiras de olor como las que ponen en las estanterías de las perfumerías para que puedas disfrutar de la diversidad de los aromas que tienes frente a tus fosas nasales. La muchacha, con una suavidad inusual, deslizaba fuera del receptáculo, que intuí de papel de seda, unas tiras supuestamente impregnadas de diferentes aromas, esencias y olores. En la base de cada receptáculo pude leer un nombre en latín. ¡Qué manía que tienen los diseñadores de catálogos con poner nombres de tocar los huevos!
Una mezcla de aromas agradables se amontonaron a la entrada de mi nariz, a la espera de ser clasificados. Lavanda, jazmín, rosa mosqueta, canela, romero, menta, olores frescos con tonos cítricos, el peculiar e inimitable pachuli. Cuánto tiempo había pasado, en mi vida, sin volver a detectar ese característico olor a juventud progre, hippy y tal vez antisistema. Allá por 1990, recuerdo que usaba Fahrenheit Dior, una botella pequeña con mucha personalidad, con un color degradado de rojo a marrón, una serigrafía en blanco y dorado, con un pequeño dispensador como tapón que, si entorno los ojos, me viene como negro. Ese “perfume” me acompañó durante muchos años. Otra vez, me he ido por el agujero del tiempo a épocas pasadas.
¿Te has dado cuenta lo que llega a cundir el olor que flota a nuestro alrededor? ¿Te has fijado todo lo que podemos recordar? Vale, sí, te imagino preguntándome si esas personas que carecen de estos dones podrían describir con tanta pasión lo que he contado. Yo qué sé. ¿Es necesario que te lo cuestiones todo? No creo que sea necesario. Disfruta del momento mientras puedas. Mira, escucha, huele, observa y, sobre todo, no te hagas preguntas innecesarias. Móntate tu película y pásatelo bien. Ya tendrás tiempo de tocar con los pies en el suelo, ya tendrás tiempo de despertarte y mezclarte con la cruda realidad, pero si puedes, relájate como hago yo y disfruta del viaje. Hazle caso a un tipo que, de unos años para acá, usa Instituto Español, Aloe Vera.
Un día de primavera, mientras iba de compras por la única calle de mi pueblo que tiene más de un comercio, decidí dejar de lado todas esas tonterías sociales que, de algún modo, pretende catalogarnos y más en Sant Pol de Mar, en pijos, progres, ricos, snobs, pasotas, antisistemas, y ser un tipo feliz con mis manías autoaceptadas, con mis virtudes que me gustan a mí, con mis vergüenzas y descaros, con mi ritmo de vida, sin pretensiones, sin molestar a nadie, cerca de la ayuda al prójimo, con mis tres dones preparados para absorber ese instante y dejar de pensar en lo que no sé.
De momento, y a la espera de no constiparme, seguiré ayudando a Diego, a Anabel y todos aquellos que no me cuestionen por qué he pasado de Fahrenheit al Aloe Vera sin que me preocupe lo más mínimo.