Una mala decisión

Una vez más, abrió el programa de correo para comprobar si Deporvillage le había contestado. Había comprado unas zapatillas de la marca Saucony Peregrine, que le aconsejó su buen amigo Jeremías, para practicar trail running y combinarlo con sprints explosivos de treinta segundos.

—Por fin. Ya era hora —le dijo Matías a Ester en un mensaje de voz. Las había conseguido justo un mes antes de la carrera con un descuento del cuarenta por ciento; le dijeron que con esas zapatillas no solo iría más relajado, sino que tendría mucho más agarre en bajadas pronunciadas.

Desde que murió su cuñado en 2021, mientras entrenaba para una de las pruebas más duras del Pirineo, en el macizo del pico Troumouse, Matías se propuso ponerse más fuerte que nunca. Ya que correr no era lo suyo, durante semanas se dedicó a leer muchos libros técnicos sobre cinética del movimiento y ergodinámica postural para sacarle a su cuerpo el máximo beneficio muscular con el mínimo impacto óseo.

Las montañas que tenía cerca de su casa eran el escenario perfecto para sus entrenamientos. Dependiendo de la hora de salida, podía optar por distancias cortas, medias o de largo recorrido. El truco estaba en escoger el momento ideal. Y la ventaja más importante era la diversidad de desniveles positivos que podía ir acumulando antes de la carrera.

—Vivir en el Maresme es lo mejor que has podido hacer —le dijo Ester a Matías. Tenía la montaña y el mar casi a la misma distancia.
—Lo sé, Ester, lo sé, pero me hubiera encantado vivir cerca de ti y lo sabes —le respondió Matías con cierto tono de tristeza en su voz.

Los muchachos se conocieron en el Montseny dos años antes. Aprovechando que estaba de vacaciones en Viladrau, Matías, sin pensárselo dos veces, se inscribió en una Ultra Trail que anunciaban en el bando del ayuntamiento. Además, debía cumplir una promesa y qué mejor prueba y entorno para dedicarle un homenaje a Armando.

La prueba se presentaba dura. El recorrido circular se le antojaba bastante jodido, sobre todo entre la etapa seis y la siete, y más teniendo en cuenta que la distancia por carretera no llegaba a la media hora.

—Tres putas horas corriendo como una cabra, no sé si lo aguantaré —pensó Matías.

Él estaba más entrenado para caminar largas rutas. Sin embargo, su cuñado, en la época en que competía como federado, había sido una bestia humana en esta especialidad. Era lo más parecido a Superman, pero con un peso ligero de sesenta kilos.

En 2021, Armando tuvo un accidente de montaña del que no se habría escapado ni Kilian Jornet. La familia de Matías se quedó en shock. Nadie podía predecir que a este hombre le ocurriría una desgracia de tal magnitud. Era calculador, precavido, con la mente fría en situaciones de alto riesgo y, sin embargo, la montaña no tiene amigos, no simpatiza contigo por más veces que juegues con ella; da igual el signo del horóscopo, la tendencia política, el dinero que tengas en la cuenta del banco o tu estado físico. Todo eso es irrelevante. Cuando te toca, te toca. El 24 de julio, dos semanas después de su aniversario, el cuñado de Matías traspasó la frontera para unirse a los millones de almas que transitan por la otra dimensión.

Como homenaje a su pérdida, el hermano pequeño de Matías, Diego, subió al Troumouse un año más tarde y, desde allí, envió una foto al grupo de la familia. Matías, por su parte, se decidió por fin a competir en la Ultra del Montseny. Correría con las Peregrine e intentaría acabar la competición.

Las sorpresas que te propone la máquina del destino son absolutamente imprevisibles. Cuando sales de casa, nunca sabrás si va a pasar algo, si vas a conocer a alguien importante que te cambiará los esquemas o algo más efímero, como saber si lloverá o no. Todo dependerá de lo conectado que esté uno, como en el caso de Matías, que se pasaba la mayor parte del tiempo colgado de la parra.

El día que conoció a Ester, Matías estaba disputando la Trail del Montseny. Cuando se encontraba a escasos treinta metros de llegar al séptimo control de un total de diez, tuvo que parar un rato para coger aire y recuperar las pocas fuerzas que le quedaban. Sus pulmones, su corazón, sus tobillos, esa colección de rampas que aparecen con el cansancio extremo, lo frenaron en seco. Necesitaba un mínimo descanso o moriría antes de la siguiente zancada.

Apoyada frente a la mesa de control, creyó ver a un ser etéreo envuelto en un aura de color púrpura. Mientras inspiraba con fuerza, con el pecho casi al rojo vivo, sus ojos intentaron enfocar esa silueta que era lo más parecido a una virgen.

No podía quitarle los ojos de encima. No era bonita; era extremadamente hermosa. Matías sacó fuerzas de sus rampas, de la poca energía que le quedaba almacenada en el culo, incluso de sus cejas, consiguiendo arrastrarse como pudo hasta el punto de control. Sus miradas se cruzaron por un instante. De sus bocas no salió una sola palabra, pero se dijeron muchas cosas. Nunca más en la vida de Matías volvió a sentir nada parecido.

La prueba finalizó, pero Matías no pudo traspasar la meta. Se quedó a doscientos metros del punto de control número 9. Allí se rindió. No podía con su alma, pero estaba pletórico, muerto de cansancio, con el espíritu radiante. Había conseguido un éxito total. Lo importante no era ganar; su objetivo era otro. Quería probar su fortaleza y, vaya si lo hizo. Tres meses después, casualmente, Matías volvió a coincidir con Ester en un evento de spinning al aire libre. Esta vez no podía perderla de vista. Le pidió su número de móvil y desde entonces ya han pasado dos años.

Una vez por semana, se pasaban como una hora hablando de sus cosas, de sus proyectos, de quién había ligado el finde o si tenían alguna personita a tiro. La confianza que tenían Matías y Ester no era normal. Estaba por encima de la media que pudiera disfrutar cualquier pareja de su alrededor. Ya les gustaría a más de uno tener esa complicidad, esa transparencia y esa paz interior que les brotaba por todos los poros de sus cuerpos. Cuando Matías se topó con los ojos de Ester el día de la competi, un pensamiento fugaz pasó por su cabeza. Se enamoró de su alma y, por qué no, de su cuerpo, pero sabía que nunca podría traspasar la línea roja. Se conformó con tenerla cerca, con ser su amigo, su confidente, su cómplice.

Se ven de vez en cuando, pero su cita semanal por WhatsApp o Meet no se la saltan aunque haya una guerra nuclear. Ester sabe perfectamente que su amigo está loco por ella, pero hicieron un pacto de sangre inquebrantable. Serían amigos para siempre: solo amigos del alma.

Hace un mes y una semana, después de una larga baja por enfermedad, Matías cometió la gran locura de ir a correr por sus montañas. Desde que se presentó a la Ultra Trail no había trotado. Caminar sí, todo lo que quieras y más, pero correr no.

Exactamente, el 13 de agosto de 2025, decidió apretar en la bajada que lleva al almacén Amargant. La cuesta se compone de rectas de tres a quince metros, más o menos, y ninguna de ellas es inferior al 5 % de desnivel. Así que ya te puedes imaginar qué pasó con sus rodillas. Sí, has acertado. Vuelve a estar de baja, pero esta vez por tomar una mala decisión.

Mientras practica el noble acto de la baja, se dedica a deambular por los distintos centros sanitarios; hace quince días le hicieron una resonancia magnética y esta semana, una exploración exhaustiva por un fisioterapeuta especializado en deporte. Ambas pruebas coincidieron en una buena noticia. No tenía nada roto, pero el pronóstico de recuperación es largo y, con la nueva temporada de esquí a las puertas, está bastante preocupado por lo que pueda pasar. Suerte de su amiga Ester, que lo anima de la mejor manera; al menos eso quiere creer él.

—No te preocupes, Matías. Aún quedan casi tres meses y seguro que te recuperas antes de tiempo. Piensa que hay cosas peores. Así que no te puedes quejar, dentro de lo que cabe —le dijo Ester el martes, después de la resonancia que le practicaron en la rodilla chunga.

—Además, ¿no sería mejor descansar este año por lo que pueda pasar? Te han operado de cáncer, tienes una pierna que parece un botijo, artrosis en las dos rodillas, aquella úlcera que tantos dolores de cabeza te dieron hace dos años, y no se te ocurre otra cosa que preocuparte por la temporada de esquí. De verdad, Matías, cada vez me sorprendes más.

Hasta la semana que viene no sabrá qué, cómo y cuándo podrá volver a la vida normal.

Tal vez te preguntes qué es volver a la vida normal para este muchacho. No te lo sabría responder con exactitud, pero una cosa sí te puedo adelantar: tu vida cotidiana y la mía juntas no se asemejarán en la vida a un solo día en la cabeza de Matías.

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