La primera

¿Te has detenido a pensar, en algún momento, qué significa para unas pocas alcanzar el trece y medio por ciento de protagonismo en una lista que, seguramente, al resto les será indiferente?

Doce mil quinientas almas están orgullosas de poseer, intrínsecamente, ese símbolo que, con mucho esfuerzo y gracias al resultado de siglos de trabajo, ha conseguido situarse en el lugar que le corresponde. Pero esas almas no han existido siempre. En aquellos tiempos oscuros de la historia, nuestra protagonista tuvo que luchar mucho para conseguir llegar hasta nuestros días con ese aire que despiden las más fuertes, las que persisten. Su papel era muy importante. Ser la primera significaba lidiar con un futuro incierto. No tenía a nadie detrás para usarla como escudo, como soporte. La soltaron ahí, en medio de la estepa. Solo disponía de una oportunidad: hacerse valer o morir en el intento.

Si la suerte se convertía en su aliada, irrumpiría con fuerza en nuestras vidas, por los siglos de los siglos. De lo contrario, no dispondríamos de sofás orejeros, pufs para apoyar los pies, ni tan siquiera gafas de farmacia para dejarlas junto a los manuscritos aparcados en la mesilla de noche.

Cuenta la leyenda que hace mil doscientos veinticinco años —día arriba, día abajo—, en una pequeña zona de la península ibérica, a los pies de las escalinatas de un monasterio regentado por los incipientes agustinos recoletos, abandonaron un capazo o cesto de mimbre con una recién nacida. Nadie sabe quién ni por qué la dejaron allí. ¿Se trataba de un milagro o acaso ya estaba escrito en los registros akáshicos?

Por un momento, párate a pensar lo siguiente: ¿qué habría pasado si en el capazo, en lugar de la primera, los monjes hubiesen encontrado la segunda o la tercera? Seguramente, todo sería diferente. Mor, dios, lma, cs, celestil, congregción, nsiedd, ltur, migo, hermno, etc. Podría escribir centenares de palabras sin una pieza fundamental. Una que, sin ella, todo cambiaría. Si en vez de la primera fuese la segunda o la tercera, el ser humano no habría llegado a la Lun, no habrían descubierto el Rdio, el zfrn. No todo es malo: según mi teoría, al menos no habrían construido la bomb tómic, pero ¿y el resto?

Volvamos a Suso, San Millán, La Rioja, ES. Munio se encargaba de dar de comer a las gallinas, recoger los excrementos y limpiar las celdas de sus otros compañeros. Al ser el último que tomó los votos, decidieron, por unanimidad, que debía pasar los seis primeros meses de su ingreso haciendo esta labor tan incómoda por la que había pasado el resto de la comunidad. A Munio no le importó. Sabía que, de esta forma, se ganaría un lugar privilegiado en el monasterio y, tal vez, en el cielo.

Un día de principios de primavera, abrió las puertas de par en par. Quería airear el patio de Suso. El aire estaba bastante enrarecido. El invierno, en aquellas tierras de La Rioja, se antojaba muy duro para sus pobladores. Munio bajó los siete escalones como si le persiguiera el diablo. Se fijó que a los pies del primero había un cesto.

—¡Un cesto! —exclamó perplejo—. ¿Quién podía haberlo dejado allí? ¿Cuándo? ¿Y por qué? —se preguntó mientras echaba mano al asa.

Lo recogió sin mirar en su interior. Entró en el monasterio, cerró las puertas de roble que solo se abrían cuando el clima lo permitía y fue directamente a la estancia que ocupaba el abad. El padre Elurio era el único que podía descubrir lo que escondía el cesto. El resto de la comunidad no disponía del Sigillum correspondiente.

Elurio siempre se había considerado un rebelde de la Orden. Le encantaba saltarse las normas. Sabía que si el conde, el rey o incluso el obispo de turno se enteraban del descubrimiento por «radio patio», tal vez sería castigado, pero a él le importaba un huevo. ¿Quién iba a transitar por los bosques que separaban el monasterio de la ciudad en aquellas épocas oscuras? Le dijo a Munio que avisara al resto de la congregación para que, juntos, descubrieran qué se escondía bajo la tela de lino. Quería compartirlo con ellos. Se consideraba casi como una fiesta. Eventos de esa magnitud no ocurren todos los días. De hecho, nunca ocurría nada excepcional. Bueno, sí. Recuerdo que una vez pillaron al hermano Metías con una moza que se perdió en el bosque encantado. Metías le dijo que estaba encantado de haberla profanada, pero eso es otra historia.

Un amigo de Renato me recomendó encarecidamente que localizara un ejemplar del libro El orden alfabético. Durante más de medio año lo busqué incansablemente. No había forma de dar con el dichoso libro. A veces los desencuentros aparecen escritos en el guion de la vida de uno de una manera casi mágica. El libro de Juan José Millás no estaba donde pensaba porque, justamente ese año, la estantería había perdido parte de las letras y, por ende, los veintisiete libros que habían descansado llenos de polvo más de una década en la tercera fila, empezando por la derecha, habían ido a parar detrás de una pared falsa, entre el fondo de la biblioteca y los lavabos de señoras. La estantería se quedó sin la «e», quedando la palabra quebrada. La bibliotecaria no encontraba la «stantría». Maldita sea mi estampa. O, en este caso, su estampa, porque el que escribe solo escribe. Nunca fue un testigo ocular.

Elurio congregó a sus acólitos en la sala de proyecciones. ¿En la sala de proyecciones has dicho? Perdona, con tanto password y fotos de coches, semáforos y otras mierdas, me había despistado. Suerte de las mandarinas. A ver si nos situamos porque esto ya empieza a patinar.

Bien. ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! El abad de San Millán de Suso mandó llamar a todos los monjes del monasterio para que se reunieran a maitines en el refectorio. Munio, que era muy resolutum, les dijo que el primero que llegara a la sala sería gratamente recompensado. El primero que se presentó a maitines fue el hermano Horatio. En verdad se llamaba Jericó, pero como siempre llegaba a la hora, decidieron rebautizarlo con este nombre.

—Queridos hermanos. A estas alturas de la semana, ya sabéis que nuestro amado Munio, en su quehacer diario de recogida y limpieza de nuestra única casa… —Y del Señor —vociferó Junius desde el fondo. —Cierto, y de nuestro Señor —affirmo el abad—. Pues, como os iba diciendo, Munio encontró, al pie de la escalinata de la entrada principal, un cesto que portaba algo envuelto en un paño de lino que, por la suavidad y blancura de la tela, estoy convencido… —Y yo también estoy convencido —repitió Munio desde la ventana. —Es verdad, Munio. Tú también. ¿Puedo seguir o alguien más quiere introducir un concepto en esta coyuntura? Con tanta interrupción al final no sabré de qué córcholis estaba hablando. ¡Ah, ya me acuerdo! En el cesto pude observar… Perdón, pudimos observar —Munio miró al abad con cierta rabia monacal— que el objeto en cuestión era una letra. —¿Una letra? —dijo el resto del equipo. —Sí, hijos míos; una letra y, concretamente, la A, la primera vocal y la primera en todo.

Recordad, amados míos, que estamos aquí en Suso, justo en este momento de la historia, porque nos contrataron para que desarrolláramos la incipiente lengua castellana. —¿Os acordáis que hace unos meses castigué al monje copista por haberse comido la sopa antes de las oraciones? Al haber cometido una falta grave, lo castigué a escribir en la pizarra cien veces: «No puedo ser el glotón del grupo y debo repetir cien veces que la gula no es buena y además la del norte será muy cara en el futuro». De tanto repetir esta frase, creyó que se la había aprendido de memoria, pero nada más lejos. Se equivocó en la segunda parte y, sin querer, mezcló el latín, el romance y el euskera y la lió parda.

—¿Por qué la lió parda? —preguntó Romario, el más joven de la congregación.

A Romario le encantaba jugar con un balón hecho con trozos de cuerda que sobraban de los cinturones de sus hábitos y algunos trapos enrollados. El abad, para echar pelotas fuera, respondió con cara de póker —y eso que este juego no apareció en la historia hasta el siglo XIX— que el monje copista había inventado, sin querer, una nueva forma de comunicarse. Había nacido el castellano.

—¿Y qué tiene que ver todo esto con esa letra encontrada en el cesto? —preguntó atribulado el hermano Pecunio, precursor de la moneda.

—Hijos míos, la A es el origen, la primera, la cuna de todo. Mucha sala de internet, pero os pasáis el día leyendo el Trivium. Así no hay manera de avanzar en la historia —acabó su plática el abad.

Esa misma tarde, después del té de las cinco, montaron un brainstorming para bautizar la cagada del copista.

—¿Qué nombre le pondremos? —preguntó Ache, sin hache. —¿Rocaskera? —dijo el hermano Sibelius mientras se preparaba una tapa de aros de cebolla y anís con pan de borona.

El resto de los hermanos, casi al unísono, dijeron lo mismo: —¡Rocaskera, por Belcebú! ¿Qué demonios significa?

Ache, sin hache, con una sonrisa picarona respondió que era un acrónimo: Romance, castellano y euskera. Munio, que en ese momento estaba persiguiendo a la gallina Matilde, le recordó que la palabra acrónimo no la habían inventado aún. —No te enrolles, Charles Boyes —le dijo con sorna.

El copista, que se estaba sacando la tiza de las uñas, por lo bajini dijo: —¿Y si le ponemos de nombre Glossas emilianenses?

Elurio, el abad, cada vez estaba más asombrado. Pensó para sí que algo le habían echado a la sopa de mandrágora del viernes. No podía creer que tuvieran tan poca imaginación, pero dado que se encontraban en una sociedad demócrata, lo sometieron a referéndum.

Munio, con la gallina bajo el brazo, a grito pelado desde la cocina recordó que la última vez que sometieron a referéndum la votación de «huerto sí, huerto no», desde la ciudad enviaron un pelotón de piolines para poner orden… Me parece que me estoy liando con la historia. ¿Referéndum? ¿Piolines? ¿Eso no pasó en Cataluña? ¿O es que cuando se usa esa palabra aparece la violencia?

—Un momento. —¡Sí, dígame! ¿Con quién tengo el gusto de hablar?

Renato no se lo podía creer. Estaba conversando con el mismísimo Millás.

—Perdona, querido Millás, pero te estás equivocando —le dijo Renato con una tranquilidad infinita—. Escúchame con las dos orejas. La glossa no la inventaste tú. Vale que ganaras el premio Planeta, pero eso no es motivo para fardar, y si no, mira al tipo que lo ha ganado este año: una auténtica basura literaria, pero claro, quien no tiene padrinos no se come una mierda.

Millás pensaba que le habían profanado el copyright de su libro. En absoluto. Entre bomberos no nos pisaríamos la manguera bajo ningún concepto, le recordó Renato. Dio la casualidad de que Munio, un monje que vivió en el monasterio de San Millán de Suso hace unos mil doscientos cincenta años —que se dice pronto—, se encontró una reliquia envuelta en un trapo de lino. Renato, que es una rata de internet, se lo preguntó a su IA favorita y semanas más tarde me lo dijo a mí, su escriba habitual. Entre rayas de coca de llardons, lingotazos de leche de pantera con canela y mucha imaginación, después de haber ingerido dos mandarinas en vez del té de las cinco, se nos ocurrió escribir estas líneas para recordarnos que las cosas no ocurren sin más. Todo tiene un porqué. Si Munio no se hubiese hecho monje, si Elurio hubiera nacido cobarde, soplapollas o calzonazos como muchos funcionarios de hoy en día, si el monje copista no se hubiera comido la sopa antes que los demás, cabe la posibilidad de que el idioma en el que estoy escribiendo y tú leyendo no habría existido.

Con toda esta disertación, tendríamos que hacer un brindis por aquellos artesanos que, con esas manos llenas de arrugas y cicatrices, construyeron esos cestos que, bien mirado, debían ser de la marca Gore-tex©; y si no, que se lo digan a Moisés, al que metieron en uno de esos y navegó por el Nilo no sé cuántos días.

Por cierto, ¿qué fue de la recompensa que prometió Munio al primer monje que llegara puntual a la cita con el abad? No me había olvidado. ¿Te acuerdas de la moza que fue profanada por Metías? Las apariencias engañan y nunca te fíes de un monje con ese nombre. De hecho, no fue él quien llevó la voz cantante. En verdad fue ella, y no por puta; fue por puta casualidad que María de las Virtudes se perdiera una tarde de julio por las cercanías del monasterio. María era una mujer de armas tomar. De hecho, fue la antecesora en el linaje familiar de Ana de Armas, una famosa actriz que supuestamente se cameló a Ethan Hunt, pero solo son habladurías. Lo mismo ocurrió cuando Metías se marcó un pegote con sus compis del monasterio. En resumidas cuentas, la recompensa constaba de una noche con María de las Virtudes, pero esto lo dejaré para otra historia.

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