Las diez menos cuarto
Esa noche tocaba cubrir la plaza de Ernesto. El domingo se torció un tobillo jugando a la petanca y no se veía capaz de dar dos pasos. Se disputaba la revancha entre los equipos del camping Rocablanca y Rocanegra. Pisó mal y, zasca, un esguince en toda regla. El lunes, a las diez menos cuarto de la noche, llamó al despacho y pidió hablar con el capataz.
—Fernando, perdona que te llame a estas horas. Llevo toda la tarde en urgencias. Ayer, jugando a la petanca, pisé mal y creo que me rompí algo. Sentí como un crack que no me hizo ninguna gracia. El médico me ha dicho que no apoye el pie en un par de semanas, —le dijo Ernesto bastante atribulado.
—No te preocupes. Te sustituirá Juan. Lo cambiaré de servicio y todos contentos. —Le respondió el capataz.
Fernando es un gran estratega, pero hacer cambios de última hora en verano es un poco complicado. Los operarios están contados y eliminar un servicio no es moco de pavo. Sin embargo, los años de experiencia se notan.
Juan es muy puntual en su trabajo. Aunque su horario de entrada es a las diez de la noche, acostumbra a llegar media hora antes. Nunca se sabe con qué sorpresas se encontrará en el servicio.
—Juan, ¿qué te tocaba hacer hoy?, —le preguntó Fernando.
—Si no recuerdo mal, el sábado me dijiste que me encargara del centro, —respondió mientras se echaba espray antibichos.
Demasiados mosquitos para tan poca gente y todos iban a parar a los tobillos de Juan. Es un acaparador de picadas.
Una vez entregados los servicios al resto de personal, Fernando y Juan pasarían la noche en el despacho. En julio no acostumbra a pasar nada del otro mundo. Alguna recogida de cristales por un accidente, limpieza del vómito que dejaron en la plaza de la Fuente y poca cosa más.
—¿Qué tal el finde? ¿Has hecho algo interesante? —Le preguntó Fernando a Juan, mientras se abría una lata de Coca-Cola Zero.
—Más o menos. Había quedado con unos amigos para comernos una paella del quince. Por cierto, si quieres vamos un día que libremos los dos. Las hace un ucraniano afincado en el pueblo. Están de muerte, —le dijo Juan mientras se ponía alcohol en el cuello.
Hacía un año que no funcionaba el aire acondicionado del despacho y aquello era lo más parecido a una sauna seca.
—Por cierto, ¿sabías que Marta no vendrá mañana? Ha de entregar la tesis de final de carrera y me pidió cambiar su ruta para el sábado. —Dijo Fernando más tranquilo que unas pascuas.
—¡Mierda! Los Charly. Seguro que no son buenas noticias, —dijo Fernando.
—Hola Charly, soy Fernando. No, no, Julian está de vacaciones. Durante estos días estaré yo y Juan. A Ernesto le han dado la baja. Sí, cosas del directo. Por cierto, ¿qué necesitas?, —dijo después de dar las explicaciones necesarias.
Fernando ya no se sorprende por nada. En su época del bar, creía haber visto de todos los colores, pero desde que trabaja en el turno de noche, en la recogida selectiva, no hay día que no pase algo más allá de lo curioso.
—Juan, coge las llaves del 5714 y traelo a la puerta. Nos vamos. Charly me ha notificado una urgencia un poco extraña. Te la cuento por el camino, —le dijo Fernando—. —Bajo un momento al taller para recoger un par de cosas.
El chaval abrió la puerta del coche y se dio cuenta de que la batería estaba al mínimo. El parque móvil tiene un porcentaje elevado de vehículos eléctricos.
—¿Y el coche?, —le preguntó sorprendido el capataz.
La batería marcaba un cinco por ciento. Subió a cambiar las llaves y fue a buscar el 5716. ¡Bingo! Cargado al noventa por ciento.
Mientras se dirigían a la dirección que les facilitó Charly, Fernando le repitió la conversación. Era entre fascinante y estrambótica. Parece ser que una señora muy preocupada llamó al 911.
—911 emergencias, dígame, ¿qué podemos hacer por usted?
—Mi gato se ha subido a lo alto de un árbol y no sabe bajar.
—¿Dónde se encuentra usted en este momento?
—Debajo del árbol, mirando al gato.
—Quería decir, ¿en qué población se encuentra usted en este momento?
—¡Ah, perdone! No le había entendido.
—Estoy en Mataró, en la carretera de Mata número 54. Bueno, entre el 54 y el árbol.
—No se mueva de ahí. Enviamos un equipo de rescate.
—Tardaremos unos veinte minutos.
—Muchas gracias. No sabe cuánto se lo agradezco.
En julio, parece ser que los lunáticos se activan más de la cuenta. No se sabe si es por efecto de la luna, del calor, el orujo o que una gran parte de la población se aburre. Charly, después de las explicaciones facilitadas a Fernando, dejó el caso en standby a la espera del informe del equipo de la selectiva.
Cuando llegaron al lugar del aviso, no había gato por ninguna parte. Ni en el árbol, ni en la acera, ni en el balcón de la casa más cercana. Sospecharon que les habían dado gato por liebre. O el animal había desaparecido o la persona que llamó a los servicios de emergencia se encontraba afectada por algún psicotrópico.
Fernando llamó al 911 para cancelar el servicio.
—Hola Charlie. Soy Fernando. Aborta la misión. Aquí hay gato encerrado, pero de felinos, nada. O la señora Engracia quiso haceros una gracia o no ve bien y confundió a su gato con una bolsa de basura.
—Fernando, muchas gracias por avisar. En este momento no teníamos a nadie para enviar. Mi equipo estaba atendiendo una urgencia bastante peliaguda. Ya te lo contaré por privado. Muchas gracias. Por cierto, ¿pasarás a tomar café más tarde?, —le recordó Charly.
—Sí, pero vendré con Juan, —respondió Fernando.
Fernando le propuso a Juan que se encaramase en el contenedor más próximo a la rama y que con la pértiga intentara alcanzar la puta bolsa.
—Cada vez me sorprende más la peña. Mira que colgar una bolsa de basura en la rama del árbol. Y no ha sido accidentalmente. ¿Te has fijado que han pasado las asas por la rama?, subrayó el capataz.
Una vez que Juan se encontraba encima del contenedor, Fernando le pasó la pértiga.
—¡Vigila que no te caiga en la cabeza! —Le avisó Fernando desde la acera mientras echaba un vistazo por si veía a la señora de marras.
Recogieron la bolsa, hicieron la foto de rigor para cerrar el caso, la metieron en el contenedor de basura y tocaron el dos.
—Ya que estamos cerca del puerto, vamos a dar una vuelta por allí. Quiero comprobar si los del chiringuito han hecho los deberes, —comentó Juan rascándose la pierna. Le había picado un puto mosquito.
Una de las tareas del servicio de Juan era vigilar si los chiringuitos de la playa cumplían con la normativa del ayuntamiento. En más de una ocasión, se había encontrado la basura de restaurante de la punta, en el contenedor de otro chiringuito. Así, pensaban que se podían ahorrar kilos de peso que, por cierto, penalizan a final de año.
Bajo la sombrilla
Entre el Iconos y La sardina presumida habrían, más o menos, cien metros. Los chiringuitos aprovechan al milímetro, colocar las tumbonas para el día siguiente. Quejas entre los ponedores de hamacas se oyen cada mañana.
—¡Este es mi trozo!, —le decía Karim todas las mañanas a Sarim
—Pero ¿no te das cuenta que cada puto día estamos igual?, —le respondía Sarim.
El ayuntamiento tiene estipulado que los diez chiringuitos de la playa respeten su trozo, pero los dueños se lo pasan por el forro. Prefieren pagar la multa. Sacan más dinero alquilando las hamacas. Además, la temporada de verano es cada vez más corta, tal vez por el cambio climático, y no están para perder el tiempo. Al final, son los chavales los que se discuten. A los dueños les importa un bledo.
Cada noche, cerca de las doce, Juan realizaba el trayecto que va desde la desembocadura hasta el túnel. Se detenía frente a los contenedores de cada chiringuito, hacía una foto con su móvil de empresa y la enviaba al grupo de limpieza del ayuntamiento. Si había alguna fechoría importante, una patrulla de la urbana se personaría con urgencia para meterles una sanción.
No le gustaba hacer de poli malo. Su trabajo era constatar que los que sacaban la basura lo hiciesen bien. Meterse en otras historias no era lo suyo. Suerte del esguince de Ernesto, esas semanas no tendría que pasar por un mal momento.
El año anterior tuvo que llamar a la poli porque una pareja se habían instalado bajo una sombrilla, justo en la frontera de los dos chiringuitos. Estaban haciendo guarradas. Juan les avisó que entre la una y las dos de la madrugada, pasaría el tractor que limpia la arena. La pareja, dirigiéndose a Juan con muy malos modales, le invitaron a que se largara o le partirían la cara.
Una de las normas básicas de la empresa es no meterse en problemas si se pueden evitar. Así que Juan llamó a su capataz para informarle del encontronazo. Todo se resolvió de manera amistosa cuando apareció el tractor. De no haberse largado, habrían sido triturados por la pala recogedora.
Mientras Fernando y Juan se paseaban como una pareja de la Guardia Civil, observaron que Karim agarraba tres hamacas de la Sardina presumida. Lo vieron enseguida porque las tumbonas tienen serigrafiado el logotipo Iconos justo en el reposacabezas.
—Esto es el pan de cada día. No sé dónde iremos a parar, —le dijo Fernando a Juan mientras atendía una llamada de Gerardo, el conductor del Easy 04.
—¿Qué me dices? ¿En serio?, —le preguntaba el capataz al conductor mientras meneaba la cabeza representando un cierto asombro.
La noche del lunes prometía ser tranquila, pero nunca se puede asegurar nada. Y menos, en un servicio nocturno donde puede ocurrir cualquier cosa.
—Juan, deja de hacer fotos. Recoge aquella hamaca rota, la metes en la furgo y nos vámonos cagando leches al centro. Llama a Gonzalo, creo que hoy llevaba la Hidro. Hay que limpiar la fuente del parque central porque unos “simpáticos” la han dejado llena de mierda.
Para Juan, el trabajo nocturno es un pozo de información importante. Le gusta escribir y de cada noche puede sacar mucha inspiración para su blog.
—Gonzalo, soy Juan. Ya ves, hoy me toca hacer de ayudante de Fernando. No te quejes, que ayer volviste de vacaciones. ¿Dónde andas ahora? ¿Y te falta mucho? Pues si acababas de llegar, deja el área para más tarde y vete a toda mecha al parque central. Ves a la fuente que está frente al semáforo. Te esperamos allí.
Al lugar de los hechos acudieron dos patrullas de los Charly, el capataz y Juan. Cinco minutos más tarde, aparecería Gonzalo con la Hidro. El panorama era bastante desastroso. Justo detrás de la fuente afectada hay un pequeño estanque en el que, horas atrás, vivían tranquilamente unas carpas Koi.
—O ponen mano dura a estos gamberros o no sé dónde iremos a parar. —Dijo Fernando en un tono de voz demasiado elevado para la hora que era.
La policía no podía hacer nada con estos delincuentes nocturnos. Aunque los arrestaran por la noche, a la mañana siguiente ya estarían en la calle. La política social, la protección al menor y todas esas mierdas, eran absolutamente contrarias a las nuevas leyes sobre inmigración.
El café de las tres
—Gonzalo, cuando acabes, pásate por la comisaría. Te invito a un café. Te felicito. Has dejado la fuente como si no hubiese pasado nada. Lástima de los pobres peces. Mecagüen todo, con estos putos críos, —le dijo Fernando al operario.
El reloj del campanario del convento de clausura, que da al parque central, avisaba de que ya eran las tres de la madrugada. Fernando, Juan y el sargento se despidieron en el parque. Este último debía pasar por el puerto. Habían dado un chivatazo. El barco del Turco acababa de entrar y le dieron un soplo sobre el equipaje que llevaban en la bodega. Hacía tres meses que seguían la pista de un alijo importante que hacía la ruta Ceuta – Tarifa, para después subirlo por la costa mediterránea.
—Hola Charly. En un rato aparecerá el de la Hidro. ¿Puede dejar la furgo enfrente?, —le preguntó el capataz al poli que estaba de guardia en la recepción.
A esas horas y más, los servicios de limpieza, pueden aparcar en cualquier sitio siempre que no entorpezcan alguna salida de emergencia. El equipo se tomó su tiempo. El café de la máquina es mucho más bueno que el de la Base. Al menos no te da retortijones.
—¿Qué te parece el servicio de esta noche?, —le preguntó Fernando a Juan. —¿Divertido, no?
Juan, que no paraba de anotar en su libreta las anécdotas más hilarantes de la jornada, le dijo que con todo lo que había pasado esa noche, escribiría en su blog un relato que, seguramente, no tendría desperdicio.
Se acabaron el café, se despidieron del agente de guardia y se dirigieron a la zona alta de la ciudad. No la más rica, sino la que está más cerca de la montaña. Habían dado un aviso de que por las cercanías de los contenedores de la Cruz, merodeaba una familia de jabalíes que desbarajustaron el contenedor de la orgánica, dejando las bolsas esparcidas por la calle. Fernando y Juan llegaron antes que la local.
Bolsas y sacas
—Vuelve a llamar a Gonzalo y también a Pedro para que venga con el Cabstar y una pala, —dijo el capataz mientras se ponía el cinturón de seguridad.
Dicho y hecho. Otra vez se encontraban en el lugar de los hechos, los mismos efectivos que en la fuente. Parecía que esa noche no los dejarían en paz.
El saneamiento de la zona no revistió demasiadas complicaciones. Fernando estaba convencido de que Gonzalo lo dejaría todo en perfectas condiciones y con Juan se dirigieron de nuevo al puerto de la ciudad. La detención del barco del Turco por la patrulla del puerto había dejado un panorama bastante desastroso en las inmediaciones del Hotel de Mar. No se podían permitir el lujo de dejar así de sucia, la entrada al jardín principal del hotel. Sacas de rafia llenas de maría, algunas reventadas a cuchilladas y otras enteras, se amontonaban prácticamente entre la puerta de acceso a los jardines y el hall del hotel. La hora intempestiva de la noche jugaba a su favor. A esas horas, los clientes que frecuentaban el establecimiento estarían durmiendo o follando con sus queridas.
—Fernando, ¿te has fijado que cada vez que me toca un servicio contigo pasa de todo menos una noche en calma?, —le dijo Juan con cierto sarcasmo en su voz.
Otro fuego apagado. Las sacas de maría metidas en el Cross, esperaban ser custodiadas por dos coches de los Mossos para dejarlas en la incineradora. Mientras, Fernando y Juan rellenaban el servicio en la secretaría de la municipal.
En el polígono industrial donde se encuentran la mayoría de discotecas, un gran despliegue policial había cortado todas las entradas y salidas con barricadas y cadenas de pinchos. El aviso de la llegada del Turco, que se había extendido por los alrededoresc como la pólvora, provocó una avalancha de jóvenes que esperaban un premio que no llegaron a conseguir. Por suerte, o porque los equipos de noche permanecen en alerta máxima, se consiguió reducir la siniestralidad típica de estos ambientes de alcohol y drogas.
Los BlueFire
Los grupos de emergencias que vigilan de noche la ciudad, no contaban con los gamberros cuya mala costumbre consiste en incendiar los contenedores de cartón. El consistorio lleva años persiguiendo a los denominados “blueFire”. Son muy escurridizos y operan atacando en muchos puntos de la ciudad. No hay manera de pillarlos con las manos en la masa. En las redes sociales del ayuntamiento publicaron un bando en el que se ofrecía una buena recompensa a quien fotografiara a esta banda y la denunciara a las autoridades.
Se dice que la población está tan acojonada que prefiere hacer la vista gorda. Ya tienen bastante con sus problemas diarios para meterse en más líos.
—Hola, Charly, al habla Fernando. ¿En qué calle has dicho? ¿Estás seguro? Es que acabamos de pasar por allí y no hemos vista nada extraño. Vale. En un rato estamos por allí. —Así acababa la conversación telefónica desde la furgoneta de servicio.
—¿Llamo otra vez a Gonzalo?, —se adelantó Juan en la pregunta.
El servicio habitual de Gonzalo consistía en limpiar ocho o nueve áreas de contenedores, ubicados en distintos barrios de la ciudad, que cada día anotaba Gerencia en una lista, no entregada sin ser antes autorizada por el subcapataz. Ese lunes, el pobre solo pudo limpiar tres. Las otras quedarían para más adelante. Las urgencias de la noche lo tuvieron entretenido prácticamente hasta el final del servicio.
Fernando, Juan y Gonzalo, para agilizar las maniobras, ayudaron al servicio reponedor de contenedores a cambiar los quemados por los nuevos. De esta manera, todos acabarían a su hora y no tendrían que pedir favores al siguiente turno. No se llevaban muy bien. Preferían gestionar sus propios quebraderos de cabeza.
Ducha o salir pitando
Parece mentira lo que cunde una noche cualquiera, pero la ese lunes se llevó la palma. Una hora más en el servicio, y la que se lió. Un lunes de principios de julio, en el que se intuía una jornada aburrida, con los servicios habituales de una empresa de limpieza: los recoge contenedores con las grúas guiadas por láser, los camiones que se comen la mierda por detrás, las hidros que se encargan de mantener limpias las áreas de recogida, los que hacen servicio puerta a puerta y dos tipos de excepción, el capataz Fernando y el adjunto Juan que esa noche, se movieron más que la compresa de una coja. Cruzaron la ciudad de sur a norte y de este a oeste, apagando fuegos, como vulgarmente se dice, gestionando varios frentes con el resultado de éxito absoluto. El descuelgue de lo que parecía un gato, la destrucción de un cargamento de maría, saborear un merecido café, con cierta calma, en la comisaría de los Charlies. Esa noche también se metieron en el papel de protección civil, custodiando a una familia de jabalíes hasta los límites del bosque que, en la urbanización más alejada de la ciudad, habían deshecho un contenedor de orgánica y esparcido, en doscientos metros a la redonda, todas las bolsas compostables que pudieron sacar del contenedor marrón.
—Juan, ¿te duchas o sales pitando para casa?, —le preguntó discretamente Gonzalo.
—Me piro. Estoy cansado, muy cansado, —le insinuó Juan mientras se vestía de motorista.
Todo eso y más, de haber tenido tiempo, para que el contribuyente que paga sus impuestos, se encontrara al día siguiente, la ciudad lo más limpia y decente posible.
A veces, me pregunto si esos contribuyentes que duermen a pierna suelta, tienen la mínima idea de lo que se cuece en la ciudad cuando las sombras invaden las calles. ¿Tú qué opinas?