Practicar Crossfit
Siempre que no caigan chuzos de punta, casi todos los martes y viernes, Anaís procura ir al gimnasio. Su ajetreada vida le obliga a frenar en seco, como mínimo dos veces por semana. Es importante para su cuerpo, pero sobre todo para su mente.
Trabaja en Valencia como analista de sistemas para una multinacional, cuya sede se encuentra en Zúrich. Invirtió tres años de su vida en esa ciudad, sola, sin amigos, pero con la firme idea de volver a su ciudad cuando llegara el momento. De eso ya han pasado cinco años. Su familia y amigos, al saber de su vuelta, le montaron una fiesta sorpresa que no olvidaría en mucho tiempo.
—Tres años pasan volando, —le dijo su hermana María por videollamada, cuando supo que había sido seleccionada entre cinco mil candidatos—. Trabaja como profesora de español en Dunedin. Intenta viajar a Valencia por lo menos tres veces al año. El trayecto es largo y aunque está muy bien remunerada, entre las largas escalas y los precios elevados, pierde mucho tiempo en ver a su familia. Algún día volverá.
A las cinco en punto de la tarde, ni un minuto más, Anaís apaga su portátil, recoge la postal que María le envió a la semana de instalarse en Zúrich, su lapicero Staedtler, de punta semidura, el taco de hojas recicladas cosidas a mano por su tía Engracia, lo mete todo en el cajón, desenchufa la lamparita LED y recorre el pasillo exterior que lleva a la escalera de incendios.
No le gustan los ascensores ni los espacios cerrados. Sus jefes le permiten hacer este tipo de “travesuras” porque Anaís es de lo mejor de su “especie”. Si en ERNI, la central, se lo permitían, aquí en Valencia no tuvieron más remedio que hacer la vista gorda.
Una vez en el patio de la empresa, se dirige al parking de empleados lo más rápido posible. De su taquilla, agarra la bolsa de deporte y la bandolera, se coloca las rodilleras, los guantes anti-caídas, la máscara para que no le entre ningún bicho en sus preciosos ojos verdes, se recoge la exuberante melena pelirroja con el coletero que haya escogido para esa ocasión, se pone el casco y sale zumbando en dirección al gym.
Le chiflan los coleteros. En el cajón de su cómoda, perfectamente ordenados, tiene cincuenta y dos, cada uno con un distintivo que lo hace único. Lola, su amiga de sudor, compañera de resistencias y amiga del alma, cada semana alucina cómo se recoge la coleta en dos segundos, se planta un moño que ni hecho por los mejores peluqueros del mundo y en un santiamén ya está saltando por la pista de entrenamiento.
Hace cinco años, justo tres meses después de volver del país helvético, se conocieron en un campeonato de CrossFit en Alicante. La química es poderosa. Une a las personas de una manera casi mística. Da igual del sexo que sean. Es algo parecido al amor a primera vista, pero con el respeto que se tiene la una por la otra. Suelen utilizar la frase de: “entre bomberos no nos pisaremos la manguera, ¡verdad!”. Mientras pegan saltos y sudan como dos guarras, se lo pasan en grande.
Antes de entrar al tajo en la sala de torturas, como la bautizaron en el gym, del grupo variopinto que se ha ido formando a base de hacer cola en las diferentes estaciones, Anaís y Lola activan sutilmente un escaneo general, con la intención de ligarse a alguno de los nuevos aspirantes a agujetas múltiples que van desfilando cada mes por el centro. Gracias a una excelente publicidad y al boca a boca, se consiguió pasar de treinta socios a una larga lista de espera de dos años vista.
Aunque son bastante presumidas, las dos amigas tienen como objetivo principal acabar vivas la sesión y no padecer lesiones importantes. Los ejercicios que más les gusta son los troncos, las redes de escalada, las dominadas, la caja pliométrica para realzar sus fantásticos glúteos, las pesas rusas, los trineos con sesenta o setenta kilos de peso y los conos para hacer quiebros y cambios de intensidad. Con esos ejercicios tienen tiempo de sufrir unas agujetas infernales que no se las desearía ni a mi peor enemigo.
¿Azul eléctrico o verde pistacho?
En el tablón de anuncios del Dynamis, un cartel muy prometedor informaba de que el sábado 29 de junio, se inauguraría la rueda de competiciones entre los clubes de la región. Durante tres semanas, se batirían en “duelo”, los mejores Crossfiteros y Crossfiteras, tanto de centros deportivos como aficionados, que cumpliesen los dos únicos requisitos que aparecían al pie del póster. Dos recuadros con fondo rojo y letras blancas anunciaban que la edad mínima para inscribirse era mayor de dieciocho años y que debían tener un seguro personal de accidentes. La entidad organizadora se haría cargo de los servicios médicos y los traslados en ambulancia en caso de que los participantes sufrieran algún descalabro. Lola y Anaís cumplían a la perfección esas dos exigencias. Lo de los accidentes lo dejarían para los menos preparados.
El año 2013 prometía. Las dos muchachas estaban en su punto más álgido. Una preparación física excelente, dos profesiones con futuros alentadores y mucho éxito entre el género masculino. Ambas eran, lo que familiarmente se podría denominar, unas expertas en el reconocimiento de la masa gris y la muscular de sus contrincantes masculinos.
Casualmente, las dos mujeres compartían profesiones similares y la misma edad. A sus treinta años no podían pedirle nada más a la vida. Tenían salud y buena posición social, aparte del éxito que conlleva ser guapas hasta morir y listas como la madre que las parió. Por cierto, Lola es programadora en Phyton y especialista en arquitectura de comunicación de alto nivel en el campo del procesamiento de datos, en tiempo real, entre el telescopio James Webb y las subestaciones terrestres, repartidas por los cinco continentes. Mediante ordenadores cuánticos, analizan los billones de bits que el telescopio envía desde el espacio profundo. Aunque es un trabajo que requiere de una concentración absoluta, todos los martes y viernes queda con su amiga Anaís para expulsar de su cuerpo todas las toxinas que acumulan durante la semana. Al disponer de tarjeta VIP, Lola puede coger el Ave Madrid-Valencia sin ningún problema.
Nadie lo habría imaginado jamás, pero Anaís tenía un pequeño defecto personal; ser bastante supersticiosa. Los coleteros que llevaba consigo no eran por azar. Cada pieza tenía un pasado concreto. Cada coletero formaba parte de un eslabón en la historia de vida de la muchacha.
Para la competición, que tendría lugar en junio, se había decidido por el verde pistacho. No se trataba únicamente de un color. Muchas veces, su ropa interior hacía juego con alguna prenda de su vestuario, pero sobre todo con el coletero. Es de aquellas mujeres que se viste según la goma con que se recoja la melena. Detrás de aquella pieza de tela verde pistacho, con la goma más resistente de su colección, se escondía una aventura que tuvo lugar en Lenzerheide, el pueblecito a dos horas de Zurich, donde pasó el fin de semana del campeonato, con aquel tipo de metro noventa.
Al pueblecito llegó con su primer ligue extranjero; un hacker danés que conoció en la cafetería de la empresa ERNI. Era alto, muy alto, de pelo casi blanco, no albino, pero rozaba esa peculiaridad de algunos nórdicos. Un tipo inteligente, un poco retraído igual que ella en sus comienzos de interacciones sociales. Se llevaban bien. Compartían bastantes aspectos vitales, y uno de los más interesantes, su afición por el CrossFit.
Torben, el danés y Anaís, la valenciana, se comunicaban en un alemán perfecto. Ella había salido a su padre, profesor en la escuela de idiomas de Valencia, con más de seis lenguas a cuestas. Se le daba bien cambiar de idioma en un santiamén. Suerte que tienen algunas personas. ¡Qué envidia más sana me dan estos cabrones!
El fin de semana, improvisado y organizado a medias, tenía un objetivo especial: participar en la competición por parejas, en el evento más importante de la temporada. Se trataba de una pista de CrossFit bastante original, propia del valle en el que estaba enclavado el pueblecito de Lenzerheide. Los ganadores no obtendrían un premio en metálico. Los suizos prefieren invertir el dinero en cosas más útiles. En este caso, se trataba de un viaje con todos los gastos pagados, nada más y nada menos que a Nueva Zelanda. Y lo más extraordinario del asunto es que los billetes eran abiertos, es decir, que los podrían gastar cuando quisieran o pudiesen combinárselo con un nativo o nativa de Auckland. Los ganadores de la competición viajarían hasta las antípodas, con la condición de construir lazos de amistad con sus respectivos anfitriones. Anaís no se lo pensó dos veces; sabía que, además de disfrutar del viaje, tendría una oportunidad de oro para visitar a su hermana, a la que no veía en persona desde hacía una eternidad.
Anaís era una mujer demasiado nostálgica para permanecer tanto tiempo lejos de los suyos. Cuando terminó su asombroso aprendizaje en ERNI, pidió a la dirección que la enviaran más cerca de Valencia. Casualmente, estaban finalizando la construcción de una sucursal en la misma capital. Tres meses más y el traslado estaba cantado.
A la aventura con el danés le quedaba dos telediarios. Desde el primer día de su affaire sabían que tenía fecha de caducidad. Solo se trataba de una aventura de apoyo emocional, ya que ambos vivían demasiado lejos de sus casas, de sus gentes.
Y, por fin, llegó el día.
Una pequeña representación de la empresa ERNI, altos directivos, el jefe de personal, el de sistemas y, por supuesto, Anaís, saldrían con destino a Valencia. La inauguración tendría lugar un mes después de las Fallas. Los suizos, aunque son de carácter agrio, tienen esos pequeños detalles que los acercan un poco más a la raza humana.
Anaís estaba radiante. Una aventura doble de tres años, desarrollada en Suiza, trabajando como analista de sistemas de segundo nivel, un romance “secreto” con Torben y una experiencia profesional que no olvidaría, salvo por un pequeño detalle; no recordaba dónde demonios perdió su coletero azul eléctrico. El día de la competición no sabía cuál de los dos escoger. Finalmente, se decidió por el verde pistacho y guardó el azul en su mochila.
He escrito secreto entre comillas porque en la empresa más importante de Suiza, que se dedica a desarrollar software de alto nivel, casi de espionaje, era prácticamente imposible guardar un secreto. Anaís y Torben creyeron que tenían una aventura clandestina y lo sabía hasta el aparcacoches, pero la discreción suiza está por encima de los chismorreos.
De Greifensee al Mediterráneo
Durante los primeros meses de su vuelta a Valencia, como el anuncio del turrón: “vuelve a casa por Navidad”, Anaís se instaló en la casa familiar. La relación era distendida y acogedora, pero la libertad que le había brindado trabajar tan lejos y arreglárselas por sí sola, era demasiado golosa. Deseaba disfrutar otra vez de su propio espacio. No tendría que dar explicaciones en casa si se acostaba con uno o más tipos, o si montaba una fiesta discreta, o si por alguna extrañeza se quedara durmiendo hasta las tantas, cosa que nunca ocurriría, pero se lo tomaría con cierta calma. Su tozudez era saludable. “Con la calma”, se repetía por las noches.
—¿Vendrás a la fiesta de tu hermano?, —le recordó su padre con una pregunta en la que el sí era la única respuesta.
—Por supuesto, papá. —Respondió mientras se secaba el pelo. Había ido a correr un rato por el parque de Cabecera y después a nadar en aguas abiertas. No se podía estar quieta. Ni siquiera los sábados.
La fiesta era una excusa para presentar en sociedad el nuevo puesto de trabajo de Anselmo. Se lo había ganado a pulso. Sus padres estaban muy orgullosos de María, Anaís y Anselmo. De pequeños, les inculcaron una buena dosis de disciplina, esfuerzo y un gran ambiente familiar que dio como resultado a estos prodigios. María, la filóloga más joven de su promoción, Anaís, programadora, con una mente privilegiada, y Anselmo, un hacha con las matemáticas. Cada hijo con sus manías y costumbres, pero con unas capacidades increíbles, puestas al servicio público.
Su hermano Anselmo, cinco años menor, se sacó un doctorado en matemáticas por la Universidad de Valencia. No quiso salir de su tierra y optó por esa universidad que sería su lanzadera profesional. Sabía que entraría a trabajar en el laboratorio de matemáticas de la misma universidad. Su mentor, el doctor en Teoría de números, don Evaristo Cifuentes, lo quería para el desarrollo del Teorema de Factorización Cuántica de Shor. Anselmo podría trabajar, por fin, en el campo de la computación cuántica que lo dejó impactado desde que conoció a Lola, la amiga íntima de su hermana y con la que se divertía de lo lindo resolviendo problemas surrealistas de matemática avanzada.
La sorpresa
La fiesta duró hasta las tantas. Al día siguiente nadie tenía que madrugar, mejor dicho, casi nadie, excepto Anaís. No hay manera de que guarde cama aunque haya dormido una hora escasa. Para tal evento, Ricardo, el orgulloso padre de familia, le había pedido un mes antes a su buen amigo Gonzalo, rector de la escuela de idiomas, que le prestara la cafetería del centro para dar cabida a las ochenta personas que iban a asistir.
—Ya sabes que me puedes pedir lo que quieras, siempre que esté en mis manos, —le dijo Gonzalo con esa típica sonrisa socarrona.
Dos días después de la fiesta de presentación del nuevo trabajo de Anselmo en el laboratorio de matemáticas, María reveló una noticia que dejó sin palabras a sus padres, que permanecieron clavados en el sofá de tres plazas, con la mirada perdida, más de diez minutos, sin poder reaccionar. Y así, sin anestesia y soltándolo a bocajarro, les dijo que su estancia en Dunedin había acabado. De hecho, llevaba unos meses preparando el terreno para un proyecto que llevaba años aparcado en su cabeza y que, por no hacerles un feo a unos padres que se habían sacrificado tanto por sus hijos, no quiso decir nada hasta no tenerlo todo atado y bien atado.
Cuando sus padres empezaron a recobrar el sentido, María, con una expresión de felicidad irreconocible, comenzó a explicarles su proyecto: “voy a montar un refugio para animales que estén en peligro de extinción, para los que nadie quiera porque están muy mayores o hayan sido maltratados. Está todo previsto, el dinero del proyecto lo llevo ahorrando desde hace años. Ya tengo el terreno, el proyecto del arquitecto técnico que además es un hacker, pero de los buenos, un amigo holandés de Anaís. Lo más importante de todo esto es que no tendré que pedir ni un solo euro y nadie me va a hacer cambiar de opinión. Anaís, desde Zúrich, en sus pocos ratos libres, me estuvo ayudando con la parte informática. Será una protectora modelo, bioclimática, ecológica y con mucho potencial.
Ricardo miraba a Elvira y esta a María. No sabían qué decir, qué responder. Sabían que sus tres hijos eran tozudos como mulas y que hacerle cambiar de idea estaba fuera de todo pronóstico. Se limitaron a escucharla. Nunca la habían visto tan pletórica.
—Hija, si ese es tu deseo, no vamos a ser nosotros quien te hagamos cambiar de idea, —dijo Elvira, su madre, buscando con la mirada un poco de respaldo emocional de Anaís, Anselmo y por qué no, de Ricardo.
Anselmo, desde su mundo interior, asentía con una simple sonrisa en la cara. Para él, todo lo que hicieran sus hermanas era palabra de ley. Si Anaís se metía en algo o María ponía en marcha una de sus ideas más descabelladas, él era su primer y más ferviente seguidor. La lógica cuántica podía ser su pasión, pero la lealtad familiar era su teorema irrefutable.
María estaba convencida de que la noticia aterrizaría con buen pie en el núcleo familiar. Sus padres siempre habían sido muy respetuosos con cualquier decisión que tomaran sus hijos y, aunque era consciente de que podría existir algún vestigio de duda, permaneció muy tranquila durante la exposición de su gran sueño. No compró el billete de vuelta a Nueva Zelanda, así que tendría tiempo para explicarles los pormenores de su nueva vida.
—Papá, mamá, sé que siempre ha habido mucha confianza en casa, pero el hecho de mantenerlo en secreto hasta no tenerlo todo controlado, no ha sido porque rechazarais la idea. Quería daros la noticia con todo el entramado organizado.
Así acabó su exposición.
Por su parte, Anaís, pletórica, aprovechando la “borrachera” de inputs que aún estaban digiriendo sus padres, soltó un bombazo que, esta vez, no sabía cómo iba a reaccionar ninguno de los presentes. Ni siquiera ella misma.
—Papá, mamá, Anselmo, mi querida María, ya sé que aún estáis digiriendo la noticia del proyecto de mi hermana. Creo que es un buen momento para daros una nueva. Así, ya serán dos bombazos que tengáis que gestionar. —Con una de sus mejores sonrisas, Anaís soltó el bombazo.
Lola, la amiga del alma de Anaís, no solo era su compañera de sudores en el gimnasio, su cómplice en los escaneos de nuevas víctimas masculinas con las que acostarse de vez en cuando. Lola… era… exactamente… su alma gemela. Su mujer, su amor incondicional. Se casaron en secreto en Holanda. No quería que sus padres pusieran el grito en el cielo porque, una cosa es que fuesen permisivos con casi todas las ideas de sus hijos y otra muy distinta es que alteraran sus principios morales. Se habían criado bajo las doctrinas cristianas: la familia, los hijos, las relaciones, etc, pero tener una nuera en casa que, precisamente no venía por la parte de Anselmo, tal vez se les haría bola; una bola tan indigesta como cuando a Ricardo lo pillaron con una alumna muy aventajada en el almacén de la escuela de idiomas y nadie, excepto su cómplice Gonzalo, nunca supo qué pasó. Todo quedó en el más absoluto secreto.
A veces, las familias más permisivas, esas que se asemejan a un lago transparente, equilibradas, felices, pueden esconder información difícil de asimilar. Ricardo nunca se lo dijo a nadie. Solo lo sabes tú, que estás leyendo este relato. Igual nadie te lo rogó, pero te pido encarecidamente que no se lo cuentes a nadie. Si lo haces, lo negaré todo.
Noticias sin anestesia
Aprovechando que Anaís se sinceró con sus padres y que María soltó el bombazo del refugio animal que, visto desde los zapatos de Ricardo, carecía de importancia, Lola, que estuvo presente en la casa, en principio solo como amiga y después del parlamento, como la pareja oficial de Anaís, soltaron otra noticia más. Total, ya no venía de aquí.
—Papá, mamá, ahora que ya estáis más informados de nuestros propósitos de vida… —siguió Anaís con sus explicaciones.
El binomio perfecto entre las profesiones de la pareja, Anaís como analista de sistemas y Lola como programadora experta, había alcanzado un nivel digno de las películas de Star Trek. Aquel amigo medio albino de metro noventa, estaba a punto de entrar en escena. ¿Cómo? No seas impaciente.
Pero antes, tengo que refrescarte la memoria. ¿Te acuerdas de que Anaís estaba convencida de haber guardado en su mochila el coletero azul eléctrico? Pues no. Torben sabía que la relación tenía fecha de caducidad y necesitaba quedarse con un recuerdo valioso de su “amante”. Sabía el cariño “pseudo-enfermizo” que le profesaba a sus coleteros. Una tarde de lluvia intensa que estaban alojados en una pensión muy discreta a veinte kilómetros de Zúrich, Anaís le contó que su falera por los coleteros empezó con catorce años. A esa edad ya disponía de una melena bien hermosa y no tenía la menor intención de cortársela, así que decidió usar coleteros de diferentes colores, lisos, estampados, con la goma recia o más laxa y, lo que empezó como una excusa para salvaguardar su melena, con los años se convirtió en una tradición obsesivo-compulsiva.
Cuando Anaís le propuso que se apuntaran a la competición de Lenzerheide y pasar juntos el fin de semana, Torben aprovechó la oportunidad de robarle -desde la inocencia- su talismán. Al llevar dos gomas y saber de antemano que se pondría la verde pistacho, supuso que no se daría cuenta de la sustracción.
Llegó el fin de su estancia en Zúrich, el fin de su relación y decidió no decirle nada acerca del coletero azul eléctrico. Volvió a suponer que ella lo daba por perdido y se iría a España con mal sabor de boca, pero creyendo también que el mundo no se iba a hundir por un trozo de goma.
Pues, como te decía, Anaís anunció a sus padres que a finales de año se instalaría con Lola en Leiden. Iban a poner en marcha un proyecto de altos vuelos. Aprovechando los conocimientos adquiridos en sus respectivos trabajos, habían desarrollado un software específico para deportistas de élite que compitieran al más alto nivel. Se trataba de un programa que analizaba, en tiempo real, todas las interacciones musculares y neuronales que se activan en una competición, por ejemplo, en Crossfit, su especialidad, natación, ciclismo, esquí alpino e incluso en la modalidad de escalada libre. De momento, investigarían con pocos deportes e infinidad de datos que podrían analizar con un ordenador cuántico que les habían facilitado en el departamento de I+D de la ESA, bajo la supervisión de Torben. Sí, sí, el famoso “amante” de Anaís.
—Todo lo que sea bueno para tí, hija mía, nos parece bien. Si eres feliz con tu amiga… —dijo su padre con un cierto recelo en su voz.
—Papá, mi amiga tiene nombre, se llama Lola. No lo olvides nunca. ¡De acuerdo! —recalcó Anaís con un tono cercano al cabreo.
Su padre, aunque a regañadientes, se disculpó y aceptó a Lola como su yerna, digo como su nuera. Le sonaba a cuernos quemados, pero si su hija era feliz, era lo único que importaba. ¿Y qué decir de su madre? El instinto femenino no ha fallado jamás de los jamases. Hacía años que Elvira sabía que a su hija le iba por igual la carne y el pescado. Lo que no se imaginó nunca es que, finalmente, se decidiera por el pescado. De todas maneras, aceptó a Lola por las buenas. No tenía otra opción.
Anaís, en su línea dura, les dijo que se trataba de su vida, de su futuro, de su felicidad. Había hecho siempre lo que le parecía más justo y respetuoso con sus padres, pero ya era hora, a sus treinta años, que dejaran de preocuparse tanto por ella.
María, por ser la mayor, ya hacía tiempo que se había desenganchado del cordón umbilical y Anselmo era el ojito derecho de mamá. A él ese trato le iba de fábula y todos contentos.
Leiden o el principio de una nueva etapa
El Interrail salía puntual. Anaís y Lola, con dos mochilas más altas que sus espaldas, esperaban en el andén de la estación Joaquín Sorolla. Felices, muy felices. Era el primer viaje que realizaban sin preocuparse por “el qué dirán”. Habían dado las explicaciones pertinentes a las personas interesadas y era hora de empezar una nueva etapa sin preocupaciones. Ya vendrían solas, como ocurre en toda relación, pero la suya era muy sólida.
En Leiden les esperaría Torben, su anfitrión durante el fin de semana.
—Os quedaréis en mi casa y no se hable más, —dijo el albino con contundencia.
Las chicas no rechistaron. Tenían mucho trabajo por delante y poco tiempo para discutir.
Hacía medio año que habían conectado de nuevo. Los amantes de aquella época, habían cambiado el sexo por una buena amistad que tenía toda la pinta de ser duradera.
Torben lo supo casi desde el principio. Son de aquellas amistades que huelen a largo recorrido.
Con Lola encajaron a la perfección. El trío, en este caso de amistad, tenía un gran proyecto entre manos. Las habilidades de los tres eran oro puro.
El fin de semana en la ciudad no era casual. Los contactos de Torben en la ESA eran primordiales para llevar a cabo el proyecto que empezaron un año antes. Todo transcurrió como lo habían previsto a excepción de la pequeña discusión que tuvieron con el dichoso coletero de marras.
—¿Sabes que puse mi casa patas arriba buscando el maldito coletero?, —le dijo Anaís a su amigo, un poco enfadada.
—Quería tener un recuerdo tuyo, algo muy valioso para ti, —le respondió Torben.
Era la única manera que se le ocurrió para poseer algo muy suyo. Sabía lo neurótica que era con sus coleteros. Estuvo a punto de quedarse con los dos, pero tal vez, hubiese generado una guerra entre países.
Bromas aparte, Anaís le insistió en que se lo devolviera. Torben no sabía cómo salirse de esa encerrona. Había hecho algo que no le contó en su día. No se atrevió. No quería perder de vista a aquella muchacha.
El famoso coletero se lo regaló a una amiga suya que estaba entrenando para una competición internacional de Crossfit en Dubai, el CrossFit Championship. Una prueba muy dura, teniendo en cuenta que el escenario era el propio desierto. Las explicaciones que Torben le facilitó a su amiga valenciana estaban desprovistos de algunos detalles más íntimos. Se había acostado con Rebecca, la famosa amiga de Hannover que conoció en un simposium sobre programación neuronal. Intimaron más allá de lo respetable y quiso regalarle el maldito coletero. Por un lado, Rebecca tendría un extraño objeto de Torben -digo extraño porque el tipo no tenía el suficiente pelo como para recogérselo- y por otro lado, el albino se desprendería del amuleto que lo tuvo anclado tanto tiempo en la figura de su amiga Anaís.
—Lola, ¿qué opinas? Hace rato que no dices nada, —musitó Anaís un poco sorprendida por la pasividad de su amor.
Lola, Dolores, estaba medio alucinada. No se habría imaginado, por nada del mundo, la reacción de su chica por una ridícula goma elástica.
—No me esperaba tu reacción, la verdad. —Le dijo a Anaís, dirigiéndose a ambos con una sola mirada.
Lo del coletero pasó a segundo plano. El proyecto era lo importante. Una vez resuelto que en la vida hay prioridades infinitamente más importantes que un coletero, todo volvió a su cauce.
Los tres amigos rieron durante un buen rato. Después salieron a dar un paseo por el centro histórico de la ciudad.
Torben hizo de guía turístico, explicándoles algunas curiosidades de la ciudad.
—Veréis, este hombre albino que camina a vuestro lado, os va a llevar de la mano por la historia. Sé que no disponemos de mucho tiempo, así que lo gestionaré lo más conciso y preciso posible.
Torben siguió contando: “Estamos en Leiden, ya sé que lo sabéis, pero quiero recalcarlo. Es probable que el nombre tenga su raíz «Leitha» o «Leithen» que significa el «curso de agua» o «canal». De ahí todos los canales que habéis visto hasta ahora. Más o menos, en el siglo IX, cuatro casas y una fortaleza fueron el inicio de la actual ciudad…”.
—Si hubo una fortaleza, hubo un hombre poderoso, imagino, ¿no?, —insinuó Lola, que está rotundamente en contra de los poderes fácticos.
—Sí, querida, —afirmó Torben con cierta tristeza en su semblante. Los poderes siempre dando por el saco en cualquier momento de la historia.
—Continúa, —dijo Anaís entusiasmadísima.
“Como iba diciendo, no se sabe con exactitud, pero tal vez Teodorico III de Holanda o Frisia Occidental, se enfrentó con el obispo de turno, Adalboldo II de Utrecht, a quien le arrebató el control, marcando el inicio de una era de impuestos rigurosos y una peculiar justicia visible en la Plaza de los Ahorcados, una muestra disuasoria para cualquiera que osara robar o evadir tributos…”.
—Un inciso Torben, Anaís me dijo que eras programador cuando trabajabas con ella. ¿Estoy en lo cierto?, —le dijo Lola.
—Por supuesto, pero puntualizo: exactamente soy un hacker que revienta a los hackers malos. —respondió él con un cierto tono de autoestima elevada al cubo.
—Entonces, ¿qué haces aquí haciendo de guía turístico?, —remarcando Lola la pregunta anterior.
—También me gusta la historia. ¿Algún problema?, —respondió un tanto ofendido.
—Chicos, chicos, tranquilos. —dijo Anaís—. ¿Puedes seguir con tu historia Torben?
El danés siguió contando: “El mercado sirvió, de alguna forma, para que los transeúntes que por allí deambulaban, disfrutaran de las mercancías sin matarse, ya que las espadas y cualquier arma de filo estaban absolutamente prohibidas. Ya los acribillarían con los impuestos, que es una forma sibilina de matar gente. Para que no cayeran en engaños, se instauró una barra de metal, aproximadamente de un metro, para medir las telas de los comerciantes. Quizás fue uno de los primeros controles de calidad, aunque la barra que más se acercaba al metro de hoy en día, se instaló en París casi mil años después”.
Seguían deambulando por la ciudad, atravesando diferentes puentes que cruzaban los dos ríos que bañan la ciudad, el Oude Rijn y el Vliet.
—¿Y esas piedras de color rojo y azul que leí en la guía, dónde están?, —preguntó Lola, asombrada por las explicaciones de Torben al que ya empezaba a ver como a un amigo y no como un contrincante.
“Se dice que un tipo singular resolvía conflictos en una zona concreta de la ciudad en la que se encontraban, supuestamente, estas piedras, pero no hay documentación histórica que lo confirme. Lo que sí te puedo decir de Leiden es que si avanzamos unos cuantos siglos, esta misma ciudad se transformó en un faro de la ciencia, especialmente a principios del siglo XX, cuando sus mentes privilegiadas se dedicaron a desentrañar los secretos del universo. Aquí, por ejemplo, se logró la licuefacción del helio, un hito que abrió las puertas a la investigación de las bajas temperaturas. Pero no solo eso; también se formularon leyes fundamentales como la que describe el movimiento de las cargas en presencia de campos magnéticos, esencial para entender el comportamiento de los electrones. Se investigaron a fondo las fuerzas electrostáticas entre moléculas, un pilar de la química y la biología. Y, para colmo de logros que muestran la amplitud de su ingenio, fue en esta ciudad donde se desarrolló el primer riñón artificial. Una auténtica cuna de premios Nobel y de mentes que cambiaron nuestra comprensión del mundo, pasando de las disputas condales a las maravillas de la física y la medicina.”
—Chicos, —volvió a recordar Anaís—, son las seis de la tarde y aún nos quedan tres cosas importantes por hacer.
En Leiden, a las siete de la tarde, la gente ya ha cenado y se reúnen en casa de alguien para entablar alguna discusión inteligente, para retirarse a casa y leer un rato o tocar algún instrumento, o lo que les venga en gana.
Torben refunfuñó con cariño. Sus españolas desajustaron sus horarios con su complicidad. La visita se extendió más de la cuenta. A las nueve de la noche ya tenían la vajilla limpia y recogida. Los tres se apalancaron en la salita y se dispusieron a concretar todos los pasos que iban a desarrollar en cuanto la parejita se instalara los próximos tres años en la ciudad de la ciencia.
Se mueve más que Willy Fog
Tres horas después de discusiones amenas, diálogos con sabor a Phyton, programación de altos vuelos y tres botellas de Ribeiro, los tres cogieron un semi colocón del quince. Lola, que aguanta como un tonelero, no sabía si fue por el aire de la ciudad o porque solo se había comido tres arenques.
—Torben, aún no me has dado una explicación creíble de por qué MI COLETERO, se lo diste a esa señorita. Antes de responder cualquier cosa que se te pase por la cabeza, piensa bien en tus palabras. —Dijo Anaís con la lengua como un corcho.
Desde el baño, una voz gutural, mitad de orco, mitad de belleza andaluza, Lola le insinuó que ya estaba bien de darle vueltas a la dichosa goma.
—Ya te compraré una igual en cuanto pueda, pero para ya, ¡no crees, amore!, —le dijo Lola lo más cariñosamente que pudo dado su estado etílico.
Siguiendo con ese tono condescendiente que llevaba practicando Torben toda la tarde, le explicó, esta vez, con todo lujo de detalles, por qué le regaló el coletero azul eléctrico a Rebecca.
—¿Podrías repetir lo que has dicho, pero más despacio?, —le rogó Lola a Torben desde el baño.
En esta ocasión, sentada en el azulejo, Lola intentaba subirse las bragas por encima de los pantalones. Una hazaña inusual y complicada, teniendo en cuenta que cuando entró en el baño, el orden era el correcto: pantalón primero, bragas dentro. Anaís no supo cómo demonios acabaron las bragas encima de los pantalones.
Torben, escogiendo sus mejores palabras, prosiguió con una explicación que rozaba el surrealismo daliniano. «Verás, conocí a Rebecca en la cola de un cine. Estrenaban un documental muy interesante sobre los límites del ser humano en condiciones extremas. Las capacidades de supervivencia son inagotables hasta que aparece un depredador mayor que y se lo cruspe. Rebecca se encontraba, en la cola, a una distancia de tres personas. En la sala, casualmente, se sentó en la butaca de la derecha. Antes de que comenzaseel documental, nos pusimos a hablar de nimiedades. Un tema llevó a otro y… tuvimos que dejarlo porque empezaba el documental. Al salir, casi al unísono, nos preguntamos si nos apetecía ir a tomar algo y en ese preciso instante supimos que iba a pasar alguna cosa más importante. Dos meses después, nos presentamos a una competi de Crossfit. Ella le había dejado su coletero a una amiga rusa y no lo volvió a ver más».
—¡Qué curioso, no!, —le dijo Anaís con cierto sarcasmo en su tono de voz.
Torben continuó explicando su relación con Rebecca. Diez minutos antes del inicio de la competición, saqué de mi bolsillo trasero tu coletero azul eléctrico. Había sido mi puente emocional contigo, pero la vida continúa y Rebecca me encantó desde que coincidimos en la cola del cine. Era evidente que me preguntaría de dónde lo había sacado, por qué lo llevaba encima. Como que no quería pasar por lo mismo, le dije la verdad. Los treinta primeros segundos se lo tomó mal, pero después vio que lo nuestro era de épocas pasadas y aceptó de buen grado la goma».
—¿Seguís juntos Rebecca y tú?, —preguntó Lola tirada en el suelo, peleándose aún con las bragas.
Torben dio una respuesta, si cabe, más surrealista que la vida del propio coletero.
—No, —respondió medio enfadado.
Parece ser que la tal Rebecca, sin pensar en las consecuencias, simplemente porque no creyó que fuera para tanto, le prestó la goma a una chica con una melena enorme. Se encontraron una tarde, practicando footing en el parque Leidse Hout, por la particularidad de su terreno. Rebecca llevaba el pelo recogido con dos coleteros y sin pensarlo, le prestó el primero que cogió. ¿Cuál? Es fácil la respuesta, ¿no crees? Pues sí, el famoso coletero azul eléctrico de Anaís.
La chica de la melena enorme desapareció y, por ende, también la famosa goma. Torben, en un momento de enajenación, se enfureció con Rebecca de tal manera que la envió a freír espárragos. No quiso saber nada más de ella. Sin duda, estaban a gusto, pero el coletero tenía un poder enorme; era el único objeto que le vinculaba con Anaís. Era el amuleto de un amor puro que surgió, sin más, una tarde de otoño, tomando chocolate con churros en Viva Churros, en el Streetfoodpark de Zúrich.
Suerte que ahora la tendría más a mano. Seguirían siendo buenos amigos, no había otra, pero gracias a que vivirían en la misma ciudad, prescindiría de la goma cada vez que quisiera pensar en ella.
Escuchar sin querer
Un sábado por la tarde, los tres amigos habían quedado para tomar algo en el Café De Uyl van Hoogland. Era un lugar frecuentado por jóvenes y no tan jóvenes, que deseaban disfrutar de una velada distendida.
En la espalda de Lola, colgada en la pared, había una tele de plasma. Estaban retransmitiendo un partido de Rugby en Dunedin. ¿Te suena esa ciudad?
Por lo visto, el dueño del pub era un gran aficionado al rugby. De joven, en la universidad, había competido por afición, en la posición del número 8. Cada vez que retransmitían un partido en la tele, ofrecía a sus clientes la primera ronda de cerveza gratis.
Esta tarde, los tres decidieron descansar un rato, desconectar de tanta información y tantos papeles.
El local no era muy espacioso, así que sin quererlo, podías escuchar las conversaciones de las mesas cercanas.
En la de la izquierda, que quedaba cerca de la ventana que daba a la calle, cuatro tipos fornidos estaban hablando sobre el partido. Las voces se extendieron por el pub y Anaís, aunque este deporte le importaba un bledo, no pudo aguantarse y se giró en dirección a la mesa de “esos caballeros”.
—¿Tendríais la amabilidad de bajar un poquito vuestro tono de voz? —Dijo en un inglés perfecto.
No hizo falta ninguna amonestación más. Los tipos le hicieron caso sin rechistar. Tenía toda la razón. En Holanda existen normas de comportamiento que no se pueden alterar.
Este giro inesperado que hizo la muchacha hacia la mesa de los cuatro forzudos, fue el detonante que provocó la situación más sorprendente en la vida de Anaís. Sus ojos se detuvieron por un instante en la pantalla, justo en el momento que la cámara zenital estaba haciendo un barrido del público, detectó que una muchacha, posiblemente de raza negra por lo rizado de su melena, llevaba puesto su coletero azul eléctrico. No era ni parecido o se habría equivocado, no; era el suyo. Lo reconoció por los tres símbolos que sobresalían en la parte posterior de la goma.
—No puedo creerlo. Es imposible, —dijo en un tono de voz más alto que el utilizado por los fornidos de la izquierda.
Nadie se hubiese imaginado cómo un coletero, una pieza tal vez insignificante para algunos, pero muy importante para nuestra protagonista, habría recorrido tantos kilómetros.
En la vida ocurren situaciones inverosímiles, inexplicables que hacen de ella misma, una aventura digna de una película de ficción. El dichoso coletero azul eléctrico que había acompañado a nuestra querida Anaís, saltó varias veces de continente, sin haber perdido, en ningún momento, ese brillo característico que cautivó, no solo a su propietaria, sino también a Torben y por qué no, a Lola.
Estaba decidido. La pareja aprovechó los billetes abiertos para ir a Nueva Zelanda la próxima primavera con la intención de localizar el famoso coletero.
—¿Otra vez pensando en el dichoso coletero? Si vamos a invertir aquellos billetes que ganaste en Suiza, serán únicamente para disfrutar de nuestra luna de miel. ¡Que lo sepas!, —le dijo Lola en la barra del pub, cuando estaban pagando las dos rondas.
Anaís recapacitó, respiró profundamente y respondió con un SI rotundo a su amore.
—Prometo que no volverá a mencionar nunca más al coletero. Te lo juro por mi vida que, curiosamente, eres tú.