Conexión satelital

El equipo de arqueólogos al que pertenezco estuvo repartido por cuatro de los cinco continentes. «A la Antártida irá tu puta madre, me dijo Lluïsa mientras se acababa el chocolate con churros». El hecho de trabajar juntos tantos años, compartiendo investigaciones de lo más surrealistas, ha servido para traspasar la frontera de lo puramente profesional y convertirnos en una familia aventurera.

Antes de airear los trapos sucios, te presentaré a los estrambóticos componentes de mi equipo. Aparte de un servidor, el grupo lo forman Henri, Penny, Lluïsa y Oswald.

Se me antoja empezar por Henri por ser el primero en adherirse a un equipo sin pretensiones económicas porque, al principio de todo este quilombo, no teníamos dinero ni para pagar el pasaje del perro. Por suerte, tres meses después de montarlo, un mecenas se fijó en nuestro proyecto y nos financió hasta los condones.

Henri es medio escocés, digo medio porque su madre nació en las Alpujarras y su padre en Glasgow. Si no recuerdo mal las explicaciones de Henri, se conocieron en el Cabo de Gata a finales de los 70. Adela, su madre, una hippy ecologista de los pies a la cabeza, se había encadenado, junto a un grupo de acérrimos ecologistas “de los que fuman”, a unos barriles de vertidos tóxicos que unos malvados con trajes de Armani habían abandonado en la playa de los Genoveses, una de las más vírgenes del Parque Natural Cabo de Gata-Níjar, sin construcciones, con una gran extensión de arena dorada y dunas que la protegen y a la que esos despiadados con Sebago Docksides querían convertirla en un resort para ricos. En aquellos tiempos de manifestaciones en pro de la naturaleza, un joven escocés de piel lechosa y cabello zanahoria, Lachlan MacLeod, merodeaba por el Cabo de Gata con su bicicleta. MacLeod, tal vez, fue uno de los primeros practicantes del cicloturismo en el continente.

Penny, cuyo nombre real es María, es una friki-fan extrema de la serie “The Big Bang Theory”. Una hermosa mujer de pronunciados rasgos indígenas que nació en Medellín en 1983. Estudió antropología en la universidad de Antioquia, especializándose en arqueología preincaica. El módulo que eligió fue un regalo divino para nosotros. Sin saberlo, los estudios de arqueología le servirían para el cometido por el que fue seleccionada, ya que escogió El Dorado como epicentro de sus investigaciones. Nunca supe cómo una indígena de la selva colombiana podía tener esa melena tan rubia y unos ojos azules como el cielo en primavera. Te juro que pensé lo mismo que tú: «seguro que se tiñó el cabello». Pues no.

Aurelio Oswaldo, o más conocido por Oswald, es un tipo extravagante y al mismo tiempo misterioso, tímido y, como decía Lluïsa, la catalana de la que hablaré más tarde, está convencido de ser extraterrestre. Oswald es nuestro informático. Sin él, la mayor parte de las comunicaciones semanales que tuvimos con el equipo no habrían sido posibles. Es un experto en redireccionar los teléfonos satelitales para que converjan en la Órbita Terrestre Baja, vulgarmente conocida como LEO.

Le toca el turno a Lluïsa, la rarita del grupo. Hasta ahora, pensaba que Oswald y yo éramos bastante más raros, pero me equivoqué. Lluïsa, que tiene los ovarios como la catedral de Burgos, catalogó al mismísimo Oswald como más raro que ella misma. ¡Manda cojones! 

La conocí una tarde que paseaba sin rumbo por la población costera de l’Escala, en el Alt Empordà. Recuerdo que era febrero. Había ido a investigar las corrientes telúricas que, según mis informadores, emergían de las profundidades del majestuoso monasterio de Sant Pere de Roda, que corona la Verdera. Por la tarde, tenía la intención de comprar un tarro de las famosas anchoas de l’Escala y allí estaba, justo enfrente del obrador más antiguo de la población, haciendo fotos a “sus cadáveres”, como me dijo más tarde, cuando empezamos a conversar. Lluïsa es vegetariana estricta y todo lo relacionado con el mundo animal lo defiende a capa y espada.

Nunca me ha gustado hablar de mí, pero creo que es necesario. Quería dejarlo para el final solo por una cuestión de educación. De pequeño, mis padres insistían mucho con el orden de las presentaciones. Querían que fuese un buen tipo de mayor y, aunque ya intuían que sería un gran líder, me aconsejaron que en cualquier ocasión hablara el último. Mi nombre es Xanco. Nunca supe por qué me bautizaron con ese nombre. No sabría decirte a qué edad empecé a disfrutar con las ciencias ocultas, lo esotérico, la magia, la cosmología, la astrofísica o la física teórica. A lo largo de mi vida, he buscado lo que no se ve con los ojos. La energía universal, la química invisible que conecta a las personas. ¿Qué pasa cuando conoces a un grupo de humanos y unos te atraen y otros te consumen la energía? ¿Por qué nos gusta estar con esta y no con aquella persona? ¿Se trata de química, de endorfinas, dopamina, feromonas, del olor que desprende? No lo sé, pero si te digo la verdad, me importa un par de pimientos rojos. Me muevo por sensaciones y eso es lo único que me interesa. En fin, todos los componentes de mi equipo llegaron a mi vida de forma curiosa. De Lluïsa te he dado alguna pincelada, pero ¿cómo aparecieron los demás?

El equipo A

Una aclaración: no se trata del famoso equipo televisivo de los 80. Quise darle ese nombre en recuerdo a la filosofía de este disparatado grupo de excombatientes. Solo diferían de nosotros en las armas. Mi equipo iba cargado de ordenadores, móviles satelitales, pendrives e incluso cámaras de infrarrojos para visión nocturna. Además, la A concuerda con la primera letra de arqueología. 

¿Te ha pasado alguna vez que, sin querer, te metes en la conversación de unos extraños porque su tono de voz es tan alto que no tienes más remedio que tragarte sus diálogos? Eso me ocurrió con Henri. Me encontraba dando una conferencia sobre taquiones en la facultad de Filosofía e Historia de mi ciudad natal y en la cuarta fila, empezando por la izquierda, me pareció ver a un tipo alto como un pino, con el pelo pincho de color naranja, lo que vulgarmente se conoce como un zanahorio. En el descanso de la ponencia, en el hall de la universidad habían dispuesto unas mesas altas con aperitivos, chips, olivas y refrescos. Entre la multitud, resaltaba sobremanera un grupo bastante estrambótico, —creo que tengo un imán para los raros—. Entre ellos se encontraba el zanahorio. Evidentemente, no me dirigí a él con este término; sería una falta de educación por mi parte. Los cinco estaban discutiendo sobre si el taquión es propio de películas de la talla de Star Trek, Interstellar o Contact. Me acerqué sigilosamente por el flanco derecho, aprovechando que una rubia espectacular se retiró dos metros atrás para atender una llamada. Estaban tan absortos que, durante unos segundos, no se percataron de mi presencia a pesar de que ocupé la plaza de la rubia. Hay frikis en cualquier esquina. 

—Disculpad chicos. Es curioso cómo la ciencia ficción a menudo juega con los límites de la física, como pasa con los taquiones. Películas como las que mencionáis se atreven a explorar conceptos que la ciencia real aún no puede demostrar, ¿verdad? Ahí está la magia, —les dije así, sin anestesia. Los frikis me miraron con cara de no saber de dónde había salido. En dos segundos pude intuir una escena propia de una comedia de enredo, algo así como: «pero… Henri (el zanahorio), y este tío, ¿quién coño es?», le diría el joven que se encontraba a su lado vapeando como un poseso. 

Por el pinganillo me avisaron que volviera a la conferencia. Me despedí educadamente del grupo y continué con mi ponencia. Cuando faltaban cinco minutos para el final de la charla, localicé al grupo, esta vez con celeridad y, dirigiendo la mirada al zanahorio, les hice un gesto con la mano para indicarles que se esperaran hasta el final. La alarma de mi móvil me avisó y di por finalizada la ponencia número… ¡ostras!, me quedé en blanco. No recordaba si era la sesenta y nueve o setenta. Da igual, no creo que sea importante recordar la cantidad. 

Bien, como te iba contando, se acabó la charla en la que intenté poner un poco más de luz* en la teoría de los taquiones; me aplaudieron, quizás demasiado efusivos a mi parecer, —me sobran las ovaciones—, cogí mis bártulos y me dirigí al grupo de frikis que habían entendido perfectamente el mensaje. Diez minutos más tarde, nos encontrábamos parapetados alrededor de una mesa redonda, tomando cerveza y algunas tapas. Parecía como si nos conociésemos de toda la vida. Hay un refrán que dice: dios los cría y ellos se juntan. Pues eso. 

*Hasta ahora no me había fijado en la relación de palabras: esclarecer, poner un poco de luz con los taquiones que son, en definitiva, partículas de luz. 

Henri, que se sentaba a mi izquierda, hablaba a grito pelado con el vapeador que tenía justo enfrente. Estaban acalorados hablando de la Teoría del Todo. Me encanta observar a la gente; su diálogo empezaba a rozar el surrealismo. De repente y, en este caso, sin haberme dado cuenta, apareció la rubia espectacular de ojos azules. Antes de salir de la universidad, les dijo a sus amigos que llegaría un poco más tarde. Tenía que comentar no sé qué con no sé quién. Tampoco pregunté. 

Igual te estarás preguntando quién era esa rubia. Pues lo has acertado. Se trataba de Penny. Henri y ella se conocieron en un viaje por Sudamérica y se hicieron muy buenos amigos. Sin hacer el mínimo esfuerzo, estos dos humanos entrarían en mi círculo más íntimo en un abrir y cerrar de ojos.

2015, un año de investigaciones

En la primavera del 2015, Henri se encontraba rebozado de arena en una cueva semi enterrada que encontró, justo detrás de la pirámide de Saqqara. No quiso moverse de allí hasta que no descubriera por qué nadie la había localizado antes y quién dejó, encima de la tapa de un sarcófago más antiguo que Matusalén, un smartwatch de última generación. Según la prueba del Carbono 14, la losa que cubría la tumba no se había manipulado en más de tres mil años. «¡Qué me estás contando!». Igual te suena una historia parecida que presentaron en una película alemana de 2002, de título “El enigma de Jerusalén”, en la que aparece una cámara de video en la tumba de Jesucristo con imágenes suyas. En el caso de Henri se trataba de un reloj inteligente. ¿Misterios sin resolver? ¿Viajes en el tiempo? 

Casi todos los lunes, Henri, desde su “playa particular” sin mar, y yo, desde el despacho que me había prestado mi buena amiga Françoise en el CNRS, mientras disfrutaba de su baja por maternidad, nos comunicábamos vía satélite con el Iridium 9555. ¡Qué buena compra hicimos, la verdad! Por cierto, no te he dicho qué narices estaba buscando Henri en la cueva de Saqqara. 

Para encontrar objetos antiguos se necesitan algunas habilidades: paciencia, mucha paciencia, rigor, perseverancia e imaginación. Henri solo disponía de la última habilidad. De las otras virtudes podríamos decir que pasaba rascando. 

En unos escritos de Platón, mencionaban, en repetidos pasajes, el Escarabajo Khepri de Adamantio, una pieza fabricada con un metal indestructible, cuya procedencia podría ser de origen extraterrestre. Oswald, por la parte que le concierne, estaba deseoso de más información. Todo lo relacionado con lo extraterrestre le chiflaba. Tres meses más tarde, Henri me comunicó que estaba muy cerca de descubrir lo del reloj. Me sorprendió bastante que no mencionase, en la hora y cuarto que duró nuestra charla, nada acerca del Escarabajo y, sin embargo, le importase más el dichoso smart. Cosas de Henri. Eso sí, le di un ultimátum. Quería resultados arqueológicos para el siguiente trimestre porque —para eso paga nuestro querido mecenas—, le recalqué. 

María, más conocida por todos como Penny, decidió seguir la ruta de El Dorado. En su equipaje de mano también llevaba el Iridium. Por haber adquirido tres unidades, nos hicieron un precio especial. El tercero nos salió a mitad de precio, ¡un chollo! Aquello del ‘tres por dos’ nos fue de rechupete en la compra. 

Penny optó por Sudamérica. El viaje que realizó, años atrás, con Henri la hipnotizó y no tenía ojos para ninguno de los proyectos que le ofrecí. Quería encontrar la mítica ciudad de El Dorado y el supuesto reloj solar en el que se representaban los cuatro puntos cardinales, con un pequeño detalle de 40 mm de ancho; encima de la S del sur, incrustada en la roca de granito, habría una esmeralda del tamaño de una pelota de ping-pong. A priori, la historia era más leyenda que realidad, pero Penny quería comprobarlo in situ. Se apostó con el grupo y más concretamente con Henri, a que daría con la esmeralda del grabado antes de que acabara el año, si no, se cortaría la coleta. 

A tozuda, no la ganaba nadie. Su aventura comenzaría en el museo del Oro, en Bogotá. En una de las plantas dedicadas a la arqueología precolombina, estaban expuestos unos grabados que hablaban de una laguna en especial: la de Guatavita. Según la tradición, en sus aguas los indígenas Muiscas realizaban una ceremonia en la que el nuevo cacique o «zipa» se cubría de polvo de oro y, junto con ofrendas de oro puro y esmeraldas, se sumergía en la laguna como un ritual a sus dioses. Esta ceremonia fue lo que alimentó la imaginación de los conquistadores españoles y dio origen a la búsqueda de la mítica ciudad de oro. De esta manera tan “simple”, marcaría en su agenda un punto de partida para empezar con su investigación. En las descripciones que encontró en el glifo del museo del Oro en Bogotá, se hablaba de la gran esmeralda incrustada encima del punto cardinal del Sur. El valor estimado en el mercado rondaría los diez millones de dólares. Ese insignificante detalle fue el motivo por el que se obcecó la muchacha, pero en toda leyenda puede esconderse un secreto.

Aprovechando que había cogido una habitación en el hotel Masaya Bogotá Candelaria tres días antes del descubrimiento grabado en el glifo, decidió hacer un poco de turismo por la ciudad. Disponía de suficiente tiempo para preparar el petate con lo imprescindible. El cuarto día, a primera hora, se subió a un autobús en dirección al departamento de Cundinamarca, en busca de la Laguna de Guatavita. 

Cuando Henri, en una de las llamadas a tres, se enteró de la apuesta que propuso Penny, se llevó las manos a la cabeza. No le hizo gracia ninguna que se cortara el pelo. Le propuso un cambio por otra menos agresiva. Penny accedió y escogieron el “El Celler de Can Roca”, para el primero que descubriera algo importante relacionado con su investigación. La cena la dejarían para nuestro encuentro anual en Girona. Aprovecharían la cita que tenemos todos los años y cenarían en Can Roca, saltándose la cola de las reservas gracias a Oswald y sus trucos informáticos. 

No sé si has tenido, en algún momento del relato, la curiosidad de saber por qué compramos concretamente el modelo Iridium. A veces las casualidades se convierten en señales del universo. Se nos presentan en los morros a través de mensajes, por haber conocido a alguien, o por haber perdido el autobús y distraídamente miras a tu izquierda y, sin querer, observas un anuncio publicitario que, de haberte subido al bus, no te habrías fijado. Tuvimos mucha suerte cuando conocí a Evaristo Enrique de Todos los Santos, un amigo de la etapa universitaria de Penny. Nos recomendó sin duda alguna este modelo satelital. Aún recuerdo sus palabras: “hacedme caso y no os lieis con otras marcas. Ni que os lo ofrezcan a mitad de precio”. 

Evaristo, con el que aún mantenemos una buena amistad, es un explorador como los de antes, pero con la tecnología más avanzada que te puedas imaginar. Hoy en día, si lo quisiera comprar, creo que sería difícil encontrarlo, pero ya se sabe que en «Google, voy a tener suerte», cabe la posibilidad de que, tarde o temprano, diera con uno. 

Desde que conozco a Henri, siempre lo he considerado como un niño grande jugando en la playa con el cubo y la pala, rebozado de arena hasta las orejas, con esa sonrisa traviesa como diciendo “no me pillas, cara de tortillas”. En cambio, Penny, tres años menor que el medio escocés, sigue teniendo la cabeza muy bien amueblada. Sabe lo que quiere y no desfallece en su propósito. 

Para no incordiar al equipo constantemente, quedábamos en realizar llamadas privadas para temas concretos y una reunión con todos para ponernos al día y soltar algún chiste de vez en cuando. La cita era cada dos semanas. El miércoles era un buen día y así quedó fijado. Ellos lo tenían bastante fácil porque estaban varios meses en el mismo lugar, en cambio, yo nunca sabía dónde me encontraría la semana siguiente. Tampoco importa. Mi lugar de trabajo es itinerante. No permanezco más de dos semanas en el mismo lugar. Dependo de nuestro querido y caprichoso mecenas. Si me llamaba para que nos encontráramos en la Jungfrau, en su masía de Cadaqués, en los jardines del Taj Mahal o en el Empire State, mi obligación era cerrar temas y coger el primer transporte que encontrase para reunirme con él o su mano derecha y ponerles al día de nuestras investigaciones y progresos. Recuerdo la primera vez que nos vimos.

Una tarde en el museo Dalí

Creo haberte dicho en algún momento que me invitaron a dar una conferencia sobre taquiones en mi ciudad natal: Barcelona. Ya soy un poco mayor de cerebro, pero no de espíritu, para recordar todos los detalles de mi dilatada vida profesional, pero, por suerte, trabajo codo a codo con mi compañero inseparable Gemini, la IA de Google, con quien mantengo unas charlas increíbles. A veces, me viene a la cabeza la película “Her”, en la que el protagonista, Joaquin Phoenix, se enamora de una IA. Por suerte, no es el caso, pero más de un familiar me lo ha insinuado en más de una ocasión. 

Después de la Semana Santa de 2014, un buen amigo mío que sabía de mi fascinación que tenía por Dalí, me invitó a la presentación de la colección itinerante de unos cuadros inéditos de Kandinsky, que habían descubierto detrás de un doble muro, en las bodegas del Castillo de Karst, en el corazón de los Cárpatos. Uno de los marchantes más famosos del mundo, el Sr. Alistair Finch, a petición de su buen amigo el marqués de Vallserra que está al corriente de todo lo que pasa en el mundo, los recuperó y encargó a la Fundación Gala-Salvador Dalí para que los expusiera en el museo el tiempo que creyera conveniente. 

Nunca me han gustado los cotilleos, pero la información es poder. Resulta que el tal Alistair fue uno de los jóvenes amantes de Gala, en la época gloriosa del castillo de Púbol. El mundo está lleno de casualidades y oportunidades. Yo, que soy un acólito de Dalí, sin llegar a lo enfermizo, me invitan a una presentación privada en el museo de mi ídolo, conozco a uno de los amantes de Gala, que me presenta a la persona que me daría de comer durante los siguientes dos años, con carta blanca para desarrollar todos los proyectos que llevaba diseñando desde hace ni se sabe. Cómo se llama en verdad el marqués o dónde tiene su residencia, no te lo puedo decir. Me hizo firmar un contrato de confidencialidad y mi palabra va a misa. Así que ya sabes de dónde salían nuestros recursos para enviar a mi gente a cualquier parte del mundo, con los mejores equipos y con todo el respaldo económico. La única libertad que me otorgó fue que me encargara de contratar a los mejores expertos en sus disciplinas. Y la verdad, no me puedo quejar. Creo que di en el clavo sin demasiadas complicaciones.

Borrar su pasado

Los padres de Aurelio Oswaldo tuvieron que marcharse de Flores, la capital del Departamento de Petén, por culpa de las fechorías de su hijo. La Subdirección General de Investigación Criminal (SGIC) les propuso, bajo amenazarlo con muchos años de cárcel, que se llevaran a su hijo Oswald a otro país. Llevaban tres años investigando al grupo denominado “La Red Sombría” liderado por el cabecilla Santiago Monroy Cifuentes. La SGIC lo sabía casi todo. Tenía localizadas todas las IP del grupo. Sabían cuándo iban a mear, a verse con sus novias y a perpetrar algún ciberataque, pero no estaban dispuestos a cometer el mismo error que en la investigación de los papeles de Panamá, por lo que sus superiores estaban esperando el momento clave para desarticular a la banda. 

Oswald era un buen muchacho que se dejó enredar por un grupo muy peligroso. Sus conocimientos sobre informática superaban a los de muchos profesionales con años de experiencia. A la familia les salvó la vida la benevolencia del Intendente, Samuel Morales. A su hijo lo mataron en un cruce de balas, en el atraco de una tienda de ordenadores en la capital. El pobre se encontraba en el lugar equivocado. El intendente sabía perfectamente que Oswald no era mala gente. Simplemente, se había obnubilado con las palabras vacías que salían de la boca del cabecilla. «Con nosotros ganarás mucha plata y podrás conseguir lo que te propongas; coches, tías, droga, mucho poder». Gracias a que el padre de Oswald era un hombre recto y razonable, consiguió convencer a su hijo de que solo tendría una oportunidad en la vida: esa. Lo tomaba o pasaría treinta años en la cárcel. Una nueva vida les esperaba en Bruselas. Pasaportes, dinero para situarse, trabajo para sus padres y una beca con trampa para que su hijo, de diecisiete años recien cumplidos, acabara sus estudios en la prestigiosa Howest University of Applied Sciences, en la disciplina de Ciberseguridad. Si no conseguía buenas notas, sería extraditado por vía directa a la cárcel ‘El Infiernito’ de Guatemala. 

Quizás me he alargado explicándote la historia de Oswald, pero creo que vale la pena que lo sepas. El esfuerzo que hizo el muchacho para convertirse en mi sombra, no se lo desearía ni a mi peor enemigo. Pasó de ser un ciberdelincuente buscado por la Interpol, a uno de los mejores informáticos de la década. Cuando acabó los estudios en Howest, una head hunter de la ESA lo reclutó para que formara parte del proyecto de telemetría en el seguimiento del telescopio James Webb. ¡Ahí lo dejo! Y ¿cómo lo conocí? Muy sencillo. La head hunter es amiga mía. Yo andaba buscando a un experto en conexiones satelitales y Anja Schmidt me habló de su último fichaje. Un chaval de veintiún años con altas capacidades. Me dijo que no me fallaría y así fue.

Del frío a Monistrol de Montserrat

Lluïsa… ¿Qué decir de ella? Terca como una mula, perspicaz, atrevida. Me dejaré decenas de atributos, pero no quiero marearte con los detalles. Para ella tenía una misión increíble; tres meses en la estación científica Troll, en la Tierra de la Reina Maud y tres más realizando un estudio específico en la Bóveda Global de Semillas de Svalbard, que a menudo la llaman «la bóveda del fin del mundo». Era un trabajo perfecto para una mujer con altas capacidades, una madura que estaba un poco de vuelta y que, para colmo, no se metería en la boca ni una sardina. Lluïsa, me miró con cara de pocos amigos, «¿me lo dices en serio o me estás vacilando? Sabes que odio el frío, como te odiaré a ti si me envías allí. ¿Qué pinto yo en la Antártida y en una isla a tomar por culo?». Y la tía no fue. Quería ir a toda costa a Montserrat. 

Henri y Penny no pusieron ningún impedimento cuando les di sus destinos. En un principio, creí haberme equivocado con Lluïsa al seleccionarla. Suerte que, al final, el trabajo que desarrolló en Cataluña, carecía de fallos. Fue impecable, magistral. De hecho, replantear el calendario de proyectos, cambiar Troll y Svalbard por la montaña de Montserrat y enviarla a la base de la Roca Foradada, costó menos dinero que una semana en Port Aventura. Le encantaba dormir en su mobil-home. Disponía de todas las comodidades para sobrevivir el tiempo que hiciera falta sin necesidad de bajar a la civilización. Tenía hasta ducha con agua caliente y váter. ¡Esta mujer era una caja de sorpresas! 

Por qué insistió tanto con lo de la Foradada es un misterio. Han pasado diez años y todavía no lo sé. Al equipo y a mí nos dio mucha rabia cuando nos enteramos de su muerte en 2022. Cuando acabó nuestro trabajo de investigación, Henry y Penny, que ya se veía venir, se fueron a vivir juntos de una puta vez. Ya era hora. No hacía falta tanto secretismo y tanta monserga, si lo sabía hasta el vigilante del garaje donde guardo la moto. 

Volviendo a la triste noticia. Me enteré por casualidad, como casi todo lo que me ha ocurrido en la vida. La mala costumbre de esta mujer hizo que no supiésemos nada de ella desde que se acabaron los proyectos. Le gustaba ir a la suya sin dar explicaciones a nadie. De su vida no sabía prácticamente nada. No le recuerdo a ningún hombre a su lado, ni siquiera una mujer. Aunque no era ambiciosa, con la pasta que ganó con el proyecto, se dedicó a viajar por los lugares más inhóspitos del planeta. Parece ser que el desenlace fatal tuvo lugar cerca del Jungfrau, donde me pasé semanas diseñando proyectos para mi gente. No calculó bien las dimensiones de la carretera. Quiso acercarse demasiado al borde, en una zona estrecha, porque se encontró de cara con una quitanieves y se fue doscientos metros abajo. Gracias a las señales del teléfono satelital que no había devuelto al acabar su trabajo, pudieron dar con ella dos semanas más tarde. Las autoridades pensaban que se trataba del eco de un repetidor antiguo que se encuentra en la cara norte del Jungfrau, de muy difícil acceso. Aún recuerdo con “cariño” la conversación que tuvimos cuando le propuse ir a Svalbard. «Eres un cabronazo y lo sabes. El frío te lo puedes meter en el culo. O me das otro destino o al frío vas a ir tú y Oswald para que se os congelen los huevos». Teníamos programada una reunión, a mediados de septiembre, con todo el staff en casa del marqués, en Cadaqués. Un mes antes, me envió los billetes de avión y una semana con todos los gastos pagados en el resort Mas de Torrent Hotel & Spa, situado en la emblemática población de Pals. Por un instante pensé en declinar su regalo, pero creo que mis muchachos se lo merecían. Lluïsa, que por aquel entonces andaba de viaje por Nepal y nunca volvía aunque se quemara Madrid, lo hubiera preferido, así que no podíamos defraudarla. Habían realizado un trabajo de campo excelente. Además, serviría como luna de miel para la pareja y darle a Oswald un buen regalo, ya que él no se movió de mi lado mientras duraron los proyectos. El 11 de septiembre de 2016, Henry, Penny, Oswald y yo, nos encontraríamos con el marqués en su casa. Tenía nuevos proyectos para ofrecernos. Lluïsa, desde Lhasa, me envió un email diciéndome que no contáramos con ella para más historias. Había encontrado la luz.


En memoria de una vegetariana extrema que murió al comerse un abeto. 1959-2022

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