Prácticamente, todas las noches, Adelaida se planteaba la misma pregunta: “¿Dónde coño tendré que aparcar hoy?”.
Es profesora de historia en un instituto de Granollers. Por tres puntos de diferencia con su contrincante, no pudo acceder a la plaza de Mataró, su ciudad. Así que de lunes a viernes, se desplaza en su Toyota Yaris, que le compró a su vecina del cuarto tercera, el día que le retiraron el carné por haber cumplido setenta y cinco años.
Sesenta kilómetros entre la ida y la vuelta no son tantos, si los compara con el trabajo de su pareja. Luis es técnico comercial en una empresa de equipos electrónicos y casi todas las semanas su ruta no baja de los mil kilómetros.
Adelaida, los martes y jueves, sale del instituto una hora antes. Es su momento de máximo relax. Practica yoga desde hace cinco años. Su médico de cabecera le aconsejó, después de su primer aborto, que hiciera algún tipo de ejercicio para la mente, yoga, mindfulness o simplemente caminar por el paseo de mar.
—Creo que te vendría bien despejar la mente, dejarla en blanco. Acumulas demasiado estrés y algún día te pasará factura, —le aconsejó el doctor Ramírez.
Entre sus alumnos, el trabajo de casa, Luis, el ajetreo de vida que lleva y el aborto, Adelaida se aguanta en pie únicamente por una razón: su fuerza de voluntad.
«Pide al universo porque te proveerá», es una frase que siempre está presente en sus pensamientos. Recuerda con cierto desasosiego que antes del “regalo” de su vecina Anita, sí, sí, la del Yaris, se metía unos madrugones de tres pares. Para llegar a la hora a su trabajo, necesitaba dos o tres autobuses. El interurbano de Mataró, el e13 de Sagalés, y si andaba justa, el que la llevaba al instituto Celestí Bellera. Si tenía tiempo, iba dando un paseo. Ahora, con su fantástico coche, esas carreras contrarreloj, pasaron a la historia.
En el gym, hizo amistad con un grupo de mujeres de su quinta. Cinco años son suficientes para consolidar una buena amistad. Sus “nenas” se han convertido en una parte importante de su vida. Los jueves de final de mes, todas se dan un respiro. Se regalan un encuentro en el bar de tapas Pitapes, cerca del gym, en una zona de fácil acceso. Una o dos rondas, algunas tapas y mucha conversación son para el grupo la gasolina que necesitan sus almas.
A las once de la noche toca retiro. Se despiden hasta el próximo martes. Adelaida se posiciona en su Yaris y, feliz como una perdiz, regresa a casa. Encontrarse con “sus chicas”, le recarga las pilas. No lo cambiaría por nada del mundo.
Antes de entrar en el túnel de Parpers, un sudor frío le recorre las sienes. Una exclamación silenciosa emana desde lo más profundo de sus entrañas. ¡Hostia! ¡No me acordaba de que son las fiestas del barrio!
Con un poco de suerte, encontrará un hueco en el parque de Cerdanyola. Del coche hasta su casa, bastarían cuatro minutos caminando, pero si los astros no están alineados, del aparcamiento a su casa, podría convertirse en un via crucis. Tres vueltas más por el barrio o tendrá que bajar hasta la zona industrial.
De un año para acá, encontrar un hueco se ha convertido en una odisea. Desde que a la alcaldía se le ocurrió reurbanizar la ciudad con el carril bici —¡ni que hubiera tanta gente utilizando este medio de transporte!—, aparcar es ya un deporte de riesgo, no solo por la dificultad, sino porque cuando dos conductores localizan el mismo agujero para aparcar, podrían llegar a las manos y complicar sus vidas innecesariamente.
Por fin. Encontró un hueco entre Estadi y Marathon. —Menos da una piedra, —pensó. Paró el coche y justo cuando se guardó la llave en el bolsillo de la chaqueta, sonó el móvil. Era Luis, preocupado.
—Ya lo sé cariño. Es muy tarde, pero no había sitio por ninguna parte. He tenido que aparcar en “a tomar por culo”. Vengo volando, —dijo ella mientras recogía la mochila y la bolsa de deporte. Con todo y el yoga, en más de una ocasión, hubiera asesinado al primer humano que se cruzara con ella a esas horas de la noche.
Mañana tendría que salir de casa con suficiente tiempo. Los viernes hay más tráfico que de costumbre, aunque los madrugones, los tres autobuses, ir con el petardo en el culo y las sudadas que se pegaba para llegar a tiempo al insti, carecían de importancia. El Yaris le cambió la vida.
—Ya en casa, se daría una ducha rápida, una cena ligera, un poco de conversación con Luis y a la cama. Mañana será otro día, —musitó Adelaida.
Se había levantado con tiempo; reminiscencias del pasado. El reloj daba las seis de la mañana. Café, tostada, un zumo de naranja. En la nevera, un post-it le recordó: «Guardar controles cartera, reunión claustro a las nueve, hablar con director».
La semana pasada tuvo mucho trabajo con los exámenes de sus alumnos. El doctor Ramírez, siempre presente en sus pensamientos, le recordaba la necesidad de tomárselo todo con más calma. Así que entre el yoga, las reuniones con las nenas, el piano, las clases de inglés, hacer el amor con Luis y hablar con los delegados de curso, no le daba tiempo ni para un cine.
Llegó al coche. Entró. Colocó el móvil en el soporte y, como una autómata, activó el manos libres…
—¡Qué raro! ¿Y ahora qué mierdas pasa?
—¡Coño, hostia, joder! No me queda batería en el puto coche.
—¡¡¡Ups!!! Me olvidé de apagar los warnings.
…
Qué tal querido lector. Me presentaré de un modo distinto a cómo lo hace el resto de los profesionales del sector. Mi nombre es Lucas Nostromo. Tal vez te suene mi apellido por la película “Alien, el octavo pasajero”. Cosas de familia; qué le voy a hacer. Mi campo es la sociología del comportamiento, especializado en CNRI, conductas neuróticas de repetición inconsciente. Para que te hagas una idea, mi trabajo se basa en el estudio de los comportamientos o impulsos autómatas o, mejor dicho, automáticos, que realizan los seres humanos sin darse cuenta.
Te pondré algunos ejemplos clarificadores para que te hagas una idea de lo que te vas a encontrar: los humanos tendemos a repetir patrones inconscientes a medida que se incorporan en el subconsciente. Parte de la culpa de estos hábitos los ha provocado la misma sociedad. El uso del móvil para infinidad de tareas o costumbres, ha golpeado fuertemente en las sociedades humanas. Hablar en voz alta en medio de un gentío, en vez de bajar el tono para escucharse mejor; enfurecerse cuando estás buscando aparcamiento y el listo de turno te lo levanta, provocando que la vena carótida tienda a dilatarse más de la cuenta; reírse de alguien que se ha caído enfrente de ti, en vez de ayudarlo, por ejemplo, es una costumbre muy fea que se ha integrado en esta sociedad individualista del siglo XXI. Abrir la boca mientras te pintas la raya de los ojos, comprobar reiteradas veces si has cerrado bien la puerta del congelador, etc.
Otra de las costumbres que más se ha extendido es consultar la hora en el móvil cuando la persona lleva un reloj en la muñeca o voltear la cabeza al escuchar un “pssst” aunque no haya nadie alrededor, pedir un taxi levantando la mano y, a la vez, decir “Taaaxiii”, sacar el móvil del bolsillo cada treinta o cuarenta segundos para nada, después de aparcar tu coche, volver a comprobar si lo cerraste cuando ya lo habías cerrado, etc. Tal vez son comportamientos un poco estrambóticos, pero están ahí, a nuestro alrededor.
Tengo la sensación de que hay una especie de epidemia memorística o zombificación*. Me explicaré. Siempre ha habido y siempre habrá despistados, pero de un tiempo a esta parte, me encuentro, casi todas las noches, más de un coche bien aparcado, con los cuatro intermitentes activados, las luces de posición o las cortas encendidas y ni rastro del humano que pilotaba, minutos o segundos atrás, el vehículo. He concretado coche porque, el mismo despiste, en las motos no lo he percibido.
*Te aclaro un concepto que probablemente no hayas escuchado en tu puta vida: zombificación. sust. fem.
- Estado de ensimismamiento profundo, a menudo autoinfligido, provocado por la excesiva ingesta de estímulos digitales, que anula la capacidad del individuo para percibir o interactuar con la realidad inmediata, transformándolo en un autómata con la mirada fija en una pantalla.
- Ej.: La zombificación de los pasajeros en el metro era tal que nadie notó el elefante rosa en el asiento de al lado.
- Acción y efecto de convertirse en un «zombit», es decir, una entidad biológica que se mueve y consume, pero cuya conciencia reside predominantemente en el éter de la red, manifestando ocasionalmente lapsus de memoria o coordinación motriz a causa de la desconexión con su propio cuerpo.
- Ej.: La zombificación repentina de Adelaida le hizo olvidar los warnings del coche, condenándola a la odisea del transporte público.
- Fig. y humor. Forma sutil y contemporánea de alienación colectiva, donde la vitalidad se mide en gigabytes y la desconexión se confunde con la paz interior.
- Ej.: La nueva política de carriles bici ha exacerbado la zombificación de los conductores mataronenses en busca de aparcamiento.
La semana pasada, sin ir más lejos, haciendo un estudio de campo, encontré cuatro coches estacionados. Uno con los intermitentes puestos, otro con las cortas, otro con ventanilla del copiloto abierta y el más curioso con las zapatillas de deporte y un paquete de Ducados encima del capó. Me sorprendió el extraño maridaje entre el tabaco y el deporte.
Mi pregunta inmediata fue ¿qué les pasaría al día siguiente cuando fuesen a buscar el coche para ir a currar, al gym, con la amante, ir al supermercado o vaya usted a saber?
Hace poco, en uno de mis paseos nocturnos, -la noche es una gran escuela de observación-, observé a una mujer que estaba aparcando en un hueco que yo, acostumbrado a meterme en cualquier sitio, no lo habría conseguido ni con catorce maniobras. Pues bien, la mujer lo consiguió. De hecho, ya lo dice el refrán: «pueden más dos tetas que dos carretas». No sé qué hora era, pero diría que pasadas las doce de la noche. Por mi cabeza cruzó un pensamiento fugaz; ¿venía de una fiesta? Diría que no, básicamente, por la indumentaria. Ropa casual, una bolsa de deporte y una cartera de ejecutivo que me descolocó un poco. El caso es que, desde mi posición de observador, atendí todos sus movimientos inconscientes. Aunque no pasaba un alma a esas horas, estacionó en paralelo a una furgoneta, puso los warnings y empezó la maniobra. Cuando creyó que había dejado bien colocado el coche, -creo que era un utilitario, tal vez un Yaris aunque no puedo asegurarlo, observé cómo se ponía el móvil en la oreja. Atendería una llamada. Colgó, agarró algo de la parte trasera y salió del coche como si le persiguiera el diablo. Enseguida pensé: ¡Mira!, otra que mañana tendrá una sorpresa. Se había dejado los intermitentes activados. Eso sí, me sorprendió que no se dejara las luces abiertas.
Me apuesto un menú de nueve euros (aún quedan por ahí si buscas bien) a que el detonante del olvido, si hablamos del parque automovilismo, el principal responsable fue el móvil. Una vez has aparcado, te llaman. Atiendes la llamada y se te olvida todo lo que tenías entre manos, incluido apagar las luces.
Acciones extravagantes hay para todos los gustos. Mi especialidad son los curiosos y aparentemente más insignificantes y desapercibidos. Una gran parte de la población tiene costumbres que se han enquistado y convertido en manías. Me gusta hacer estadísticas con todos estos datos. Igual te has planteado que yo también sea un neurótico de las costumbres. Tal vez, pero indagar en este tipo de acciones es muy enriquecedor.
Otra duda que me sorprende está relacionada con la tecnología. Por ejemplo, la antigüedad de los vehículos. El mío es un SEAT Ibiza de 1998. Si te olvidas de apagar las luces, un pitido bastante molesto, rozando el bocinazo de una alarma, se activa automáticamente y tendrías que estar sordo para no escuchar el jaleo. Así que, las apagas y te marchas.
Los cuatro vehículos que te he comentado, tenían una antigüedad máxima entre cinco y diez años, ¿entonces, qué pasa por las cabezas de sus propietarios?
¿Tendrá algo que ver con los inhibidores de señal? Dicen que a los abducidos por los móviles se les implantó un chip en el sistema límbico del cerebro para aislarlos de la realidad. Los controlan de forma remota, con solo apretar un botón. Entonces surge una pregunta de la Nada, ¿cómo reconocer a un zombit? Los puedes ver en la calle, en el tren, sentados en un banco o caminando, con la cara pegada a la pantalla y la cabeza formando un ángulo de cuarenta y cinco grados con respecto a las primeras vértebras, abstrayéndose por completo de su entorno natural.
Otra posibilidad que estuve barajando era que, tal vez, estos humanos tienen deficiencia sonora, pero en ese caso, no les hubieran dado el carné de conducir. No sé, no sé, hay pensamientos que no me dejan dormir.
Por cierto, ¿sabías que si inclinas la cabeza para mirar el móvil, aparte de perjudicar tu salud, estás aumentando su peso inicial (entre 5 y 7 kilos) lo que supone un ataque directo a tus cervicales de manera aterradora?
Te dejo algunos datos con información relevante para que la próxima vez que vayas a mirar el móvil, tengas presente que va tu salud en ello: Si inclinas tu cabeza quince grados, tu cuello aguantará, aparte del peso de tu cabeza, unos doce kilos; con treinta grados, la cosa se complica. Súmale dieciocho a tu cabeza; si la inclinas cuarenta y cinco grados (más o menos lo que hace la mayoría), a los siete, le vas a añadir como veintidós kilos más; y no te cuento si inclinas cabeza y, por ende, tu cuello. Pasarás a la historia como el jorobado de Notre Dame. Veintisiete kilos más. ¿Qué te parece?
Maneras de usar el transporte público
Se me ocurren mil maneras de usar el transporte público, pero no voy a invertir tiempo en explicar las otras. La que voy a explicar es, a mi entender, una de las más curiosas que me ha ocurrido en los veintitrés años que llevo haciendo estudios de campo.
Aunque trabajo por mi cuenta (como autónomo gozo de buena salud. Ya se sabe, si eres autónomo no enfermas nunca), colaboro estrechamente con una división de la empresa Demoscopia. El jueves por la tarde, me enviaron un SMS indicando que, al día siguiente, es decir, el viernes, debía subir a un autobús con dirección a Granollers. El trabajo empezaría justo en el mismo transporte y acabaría en la plaza de “Els Porxos” de la capital del Vallès oriental.
Debía hacer acopio de los CNRI. Cualquier detalle, por imperceptible que parezca, debía anotarlo en mi agenda. Y no estoy hablando de una Laptop ni un smartphone; hablo de una agenda con las tapas de cuero, hojas de papel de 125 gr y un rotulador Pilot de 0.25 con tinta negra.
¿Qué impresión te llevarías de mí si, después de la brasa que te he soltado, usara solo lo que nos brinda la tecnología? De ser así, estaría traicionándome. ¿No crees?
Perdona, me acaba de llegar un SMS. Cosas del trabajo.
Suerte que el jueves pude quedarme a dormir en casa de una antigua novia, porque de regresar a la mía, habría tenido que madrugar para estar en el bus a esa hora. No hay mal que por bien no venga.
Mi contacto en Demoscopia me pidió que utilizara el test tipo CM3 (costumbres y manías de tercera categoría). Es un test que me encanta. Con tan solo nueve preguntas y tres supuestos en cada una, consigues un montón de información. No es una encuesta invasiva y además, el encuestado se lo pasa bien.
Tampoco entraré en detalles para no aburrirte.
Qué sorpresa me llevé cuando, en la cola para acceder al bus, me encontré con la mujer del Yaris de la noche anterior. Sería mi primera candidata. Estaba seguro de que conseguiría una entrevista formidable.
—Buenos días. ¿Señora o señorita? Pregunté con prudencia.
—¡Perdona! ¿Te conozco de algo?, —me dijo ella con cara de sorpresa.
—La verdad es que no. Veo que vamos a coger el mismo autobús y me gustaría hablar contigo. Por cierto, te puedo tutear ¿no? Me presentaré. Mi nombre es Lucas Nostromo y trabajo para Demoscopia. —Le dije después de una pequeña introducción.
—¡Ah, vale! ¿Y?, —me contestó con cara de pocos amigos.
Soy un tipo muy educado y, después de tantos años de trabajo en la calle, tengo una cierta mano izquierda con las personas que contestan con cierto recelo. Los conduzco a mi terreno para que se sientan cómodas y no duden de mí.
—Por cierto, ¿te importaría mucho que te hiciese unas preguntas? Te prometo que no te molestaré más de la cuenta. Trabajo, como podrás leer en la tarjeta que llevo colgada del cuello, como encuestador y me ha parecido que cumples los requisitos. No te voy a engañar. Tengo bastante intuición y acostumbro a no equivocarme a la hora de escoger a una víctima, digo a una candidata.
Está claro que la pobre no tenía ni idea de que la vi la noche anterior, aparcando su coche y dejándose los warnings encendidos. Eso prefiero reservármelo, no vaya a ser que se enfade por no haberla advertido.
—Ya que vamos a pasar un rato juntos, me parece bien eso de la entrevista, —dijo Adelaida con cierto recelo, pero con menos agresividad en su voz.
Le expliqué que mi trabajo consiste en investigar las costumbres sociales en entornos urbanos, la mayor parte y, muy de vez en cuando, en zonas rurales. También le dije que me encanta hablar con personas de todas las edades, aunque el target de las encuestadas, ha de ser, por ley, mayores de veintiún años.
En poco menos de diez minutos conseguí tranquilizarla. —¿Empezamos, pues?, —le dije con mi mejor sonrisa.
De la mochila saqué mi agenda de cuero, el Pilot de tinta negra y un paquetito de Post-it para anotar esos pequeños detalles que me gusta recoger. En la funda de la solapa tenía guardada la encuesta, ya impresa, y con el espacio suficiente para anotar la información que necesitaba.
—¿Podrías decirme tu nombre y edad, si no tienes inconveniente? Prometo no publicar nada. La información solo sirve para generar gráficas, —volví a decirle para que se relajara aún más. —Pero antes de empezar, ¿cuál es tu destino?, acabé preguntándole.
Adelaida, cuarenta años (bien puestos, la verdad), profesora de historia en un instituto de Granollers. Así que la muchacha haría el mismo trayecto que yo. —Perfecto, le dije—. Asintió con la cabeza y proseguimos con la encuesta.
—Relájate y responde con sinceridad. Verás que las preguntas no tienen nada de formal. —La invité a que se relajara aún más para que sus respuestas fluyeran de manera espontánea.
[Test]
¿Eres de las que miran el móvil como si fuera el mapa del tesoro, y de repente, te das cuenta de que te has perdido un tiroteo en la calle o tal vez un mimo muy bueno?
- a) ¡Qué va! Soy más de estar al loro que un búho en la noche. No se me escapa ni el aire.
- b) Reconozco que a veces la pantalla me absorbe más de la cuenta… y luego pienso: «¿Y eso qué ha sido?»
- c) Eh, ¿decías algo? Lo siento, estaba en mi mundo digital. Me pasa a menudo.
Después de cerrar el coche, la puerta de casa, o el frigorífico, ¿te entra ese «ay, ¿lo habré cerrado bien y sientes la necesidad de comprobarlo otra vez como si tu vida dependiera de ello?
- a) ¡Ni de broma! Cierro y me olvido. Confío plenamente en mí.
- b) A veces me pasa, sobre todo si tengo la cabeza en las nubes. Un toquecito de confirmación y listo.
- c) Sí, ¡un millón de veces! Soy experta en ciberseguridad doméstica.
Llevas un reloj chulísimo en la muñeca, pero cuando quieres saber la hora, ¿tu mano va directa al móvil como si el reloj fuera solo un adorno o un grillete?
- a) Nunca. Para algo tengo el reloj, ¿no?
- b) Vaya, me has pillado. Alguna vez me ha pasado, por pura inercia.
- c) ¡Siempre! Es un acto reflejo. El móvil se ha convertido en el nuevo reloj.
Escuchas un «pssst» o un ruido raro, sin que haya nadie a tu alrededor y tu cabeza se gira sola, buscando al fantasma, antes de que te dé tiempo a pensar «¿de dónde narices viene esto?»
- a) No, primero analizo la situación. No suelo asustarme por nada.
- b) Reconozco que hay un micro-segundo de reacción automática antes de darme cuenta de que no hay nadie.
- c) ¡Sí, siempre! Soy como un perrito buscando la salchicha. ¡Pssssst!
Después de aparcar tu coche, ¿con qué frecuencia has dejado alguna luz encendida, los warnings puestos, una ventanilla abierta, o incluso el tupper de la cena en el capó?
- a) ¡Jamás! Mi coche es mi templo y lo dejo perfecto.
- b) Me ha pasado alguna vez, en plan «tierra, trágame» al volver.
- c) ¿Me estás espiando? ¡Sí, me ha pasado más veces de las que quiero recordar!
[Ella no tenía ni idea de que la noche anterior coincidimos en la calle. Mientras la observaba, pensé que se dejaría algo en el coche. Estaba casi convencido. Y, por lo visto, acerté de lleno.
¡Mmmm!, ¿seguimos?
Estás charlando con alguien face to face y sientes ese impulso irrefrenable de mirar el móvil, como si estuviera a punto de explotar con el mensaje más importante del universo (que suele ser una notificación de «me gusta»)?
- a) Lo considero una falta de respeto. Cuando hablo, me entrego a full.
- b) Alguna vez, si la conversación se pone un poco… coñazo, lo confieso.
- c) Uy, me pasa, me pasa… A veces mi cerebro ya está en otra galaxia.
Al hacer la compra o cualquier tarea rutinaria, ¿te das cuenta de que has terminado sin acordarte de cómo llegaste hasta ahí? Es como si hubieras estado en «modo zombi» durante un rato.
- a) No, soy consciente de cada paso que doy.
- b) Me ha ocurrido si estoy agotada o muy estresada. Un pequeño apagón mental.
- c) ¡Demasiado a menudo! Parece que tengo un piloto automático incorporado con amnesia.
Si ves a alguien tropezar o tener un percance en público, ¿cuál es tu primera reacción, antes de decidir si ayudar o salir corriendo? Sé sincera, ¡no hay respuesta incorrecta… para la ciencia!
- a) Mi instinto me dice que pregunte si está bien.
- b) Primero me sobresalto o suelto un «¡Uy!», antes de reaccionar.
- c) ¿La verdad? A veces me sale una sonrisa nerviosa o me quedo en shock antes de pensar qué hacer.
Mientras respondía a mis preguntas, a Adelaida le iba cambiando el semblante. No sabía si le estaba tomando el pelo, pero reconozco que se lo pasó de rechupete respondiendo a esas preguntas que, por lo que me confesó más tarde, no se había reído tanto en su vida.
El trayecto llegaba a su fin y solo quedaba una última pregunta. De hecho, la pregunta del millón. Y, por supuesto, deseaba que respondiera lo más sincera posible.
—¿Podrías decirme si te ha resonado alguna de mis preguntas y cuándo te ocurrió?, —tenía la esperanza de que me contara el suceso de la noche anterior. Yo estaba justo en el lugar de los hechos y tenía ganas de escuchar su experiencia.
Efectivamente, así fue, no sin antes explicarme casi toda su vida en los últimos kilómetros que quedaban para llegar a la estación de autobuses de Granollers, nuestro destino.
—Verás, por tres puntos en mi curriculum, no conseguí plaza en mi zona y tuve que aceptar el puesto más cercano a mi casa. Granollers era la mejor opción. De no haberme decidido, la siguiente plaza era Vic y, al no disponer de coche, la logística se intuía complicada. Al principio iba en transporte público. Entre dos y tres autobuses debía tomar hasta el instituto. Pero un día, se abrió el cielo. ¡Un milagro, un milagro!, me dije. Mi vecina Anita, la del cuarto tercera, me regaló su coche, bueno, en verdad pagué una mínima cantidad, pero me salvó la vida. A partir de entonces, disfrutaría de mis trayectos. Aunque salía con tiempo de casa, -no me gusta correr-, me olvidaría de los madrugones. —Me explicaba Adelaida con la cara iluminada.
—Entonces, ¿qué haces hoy cogiendo el bus?, —le pregunté con cierto sarcasmo subliminal.
Adelaida prosiguió su historia. «Como todos los jueves últimos de mes, con mis chicas, eso ya te lo contaré otro día…»
—¿Otro día?, le pregunté sorprendido. ¿Acaso quería que nos encontráramos en otro momento?
«Verás, hago yoga por prescripción médica y con el tiempo, en el gym, hice amistad con otras usuarias. Nos compenetramos mucho y nos hicimos amigas. Cada final de mes, los jueves, nos regalamos, después del yoga, un encuentro que venimos realizando desde hace años. Es nuestra noche. Procuramos hacerla sin excusas. Ayer jueves, al volver de Granollers, se me iluminó el cerebro y me acordé de que eran las fiestas de mi barrio. Quise morirme. Aparcar cerca de casa se ha convertido en un deporte de riesgo. Llegué tarde y para colmo, creo que di como veinte vueltas por la zona en busca y captura de una plaza de aparcamiento. Y eso que mi coche es un utilitario. Por fin, encontré un hueco y cuando ya lo tenía todo “controlado”, llamó mi pareja para preguntarme dónde diablos estaba. Parece ser que con la llamada me olvidé de repasar, como siempre, el estado de mi coche. Te preguntarás qué paso, pues eso. Me dejé los putos warnings encendidos. Lo he descubierto esta mañana, a primera hora cuando he ido a buscar el coche. Y aquí acaba mi odisea».
Al explicarme su historia, me dio un poco de pena esta mujer. Podía haberle ahorrado toda la odisea, pero en el fondo soy un poco cabroncete. De no ser por estas historias, mi trabajo sería más aburrido.
Nos vemos en la siguiente encuesta.
Bye.